Natalia Trujillo

jueves, 22 de diciembre de 2016

CAPITULO 66






― Adelante.


Pedro estaba frente a su ventana, observando un punto distante. Esperó a que alguien hablara, pero no oyó a nadie, así que se dio la vuelta y fue una sorpresa encontrarse con Paloma apoyada sobre el marco, con una mano en la espalda.


— ¿Y ahora qué quieres tú?— preguntó Pedro.


— Yo también me alegro de verte, Pedrito — contestó con una sonrisa actuada, para luego enseñar lo que escondía detrás de su cuerpo. Un Sam Bats apareció frente a sus ojos, con un moño rojo en la base. Pedro no estaba seguro de si reír o temblar —. Te traje un regalo.


— ¿Es en serio?


Paloma cerró la puerta detrás de sí. Luego, caminó lentamente hacia Pedro, jugando con el bate, como si estuviera tazando su peso en sus manos como una pandillera.


— Aunque me gustaría acabártelo en la cabeza, no creo que a Pau le haga mucha gracia. Prometimos no tocarte ― y para reafirmar su declaración, dejó el bate sobre el escritorio —. Es un regalo, idiota. Mamá me contó lo de tu trabajo en Nueva York. Así que, ¿cuándo te marchas?


Pedro tardó unos segundos en responder. Al principio no había tenido ni la más mínima idea de lo que estaba hablando Paloma. Entonces recordó la “pequeña” mentira.


— Oh, sobre eso. No resultó. No me voy a Nueva York.


Pedro no vio en que momento Paloma se acercó a su mesa y chocó sus manos contra la madera.


— ¿Me puedes explicar entonces que rayos estás haciendo todavía aquí cuando deberías de estar en España con mi hermana?


Decirle que él también se preguntaba lo mismo era darle más vuelo a Paloma.


— Paloma, sólo vas a gastar saliva.


— O me dejas hablar o te juro que te acabo ese bate en la cabeza. Y me vale un pepino lo que le prometió Pablo a Paula.


— Según Pablo prometieron no matarme, así que un par de magullones no rompe la promesa.


— No me tientes, Pedro — dijo Paloma. Entonces recapacitó en sus últimas palabras de Pedro ―. Espera… ¿entonces Pablito ya estuvo por acá? ¿Ya te hizo recapacitar?


Pedro no contestó.


— Eres un maldito… No, es que no hay palabras para describirte, Pedro Alfonso. Tú entre todos los malditos hombres que conozco, eres unos de los pocos que considero rescatable. Eres un hombre decente, amable, te gustan los niños, amas a tu familia, y bueno, pensé que tenías cerebro aparte de pelotas... pero me has demostrado ser el idiota más grande del mundo — —. No, del universo. — Por dios Pedro. La quieres, ella te quiere, ¿qué está mal contigo? ¿Por qué tu cerebro no funciona como los demás?


― ¿Puedo contestar?


Paloma alzó el dedo índice.


― No, aun no acabo. ¡Tú! ― Lo señaló con la misma convicción con la un abogado acusaría en el estrado a un testigo ―, tú Pedro. Yo te tenía en otro concepto, en el mejor del mundo. Pero ahora eso ha cambiado. Y me gustaría decirte que puedo separar el hecho de que sea de mi hermana, de mi pequeña hermana de quien estamos hablando. Poder decirte que estas desperdiciando tu vida, pero no soy así de buena. Es por Pau, Pedro, que estoy aquí. Quiero que ella sea feliz, que tenga la misma felicidad que yo he encontrado, que Pablo, mis padres… tus padres
y varias personas han encontrado. Y para bien o para mal, esa felicidad está contigo. Sabes, ahora que Paula estuvo acá, le hable acerca de mi matrimonio. No puedes encontrar a dos personas tan disparejas como Guillermo y yo. ― a pesar de su enfado, se tragó la carcajada debido a la mirada de Pedro ―. ¿Qué? ¿Crees que porque es mi marido no que si lo mando a competir para Míster World se queda en la última posición? Pero hay algo que lo hace especial para mí ― se acercó al escritorio, colocó las manos sobre él y se inclinó hacia Pedro ―. Lo amo. Lo amo… incluso cuando se queda dormido con el televisor prendido. Lo amo aun cuando se come el último pedazo de pastel o se pasa viendo partidos los domingos o manda a hacer las cosas que le he pedido que haga él mismo. A pesar de todo esto, lo amo. ¿Y sabes por qué? — Pedro volvió la mirada y vio en Paloma una mirada de completa felicidad —. Porque la vida así es. Porque yo no soy perfecta. Porque nada es perfecto, pero aun entre estas imperfecciones, los dos juntos somos imperfectamente perfectos el uno para el otro.


— ¿Terminaste?


— Sí. Ya me siento mejor ― soltó una gran bocanada de aire y dejó que la adrenalina fluyera por su cuerpo. Se retiró del escritorio y caminó hacia la puerta ―. Bueno, te dejo.


— ¿No vas a escuchar lo que tengo que decir?


Paloma ya estaba del otro lado del umbral, con la mano en el cerrojo.


— A menos que digas que vas a ir a España a buscar a mí hermanita, no me interesa.


Y se marchó dejando a Pedro sumido en sus propios pensamientos.


CAPITULO 65





— ¡Papi!


Una estala pasó volando hacia Elias, chocando contra sus piernas. Sonrió y alzó a su hija, colocándola entre sus brazos.


— Carla, ¿qué haces aquí?


Su hija sólo sonrió y señaló hacia donde su madre, quien venía entrando en la habitación.


Tamara amaba a Elias con toda su alma. Además, le había dado una hija maravillosa. Pero por mucho que lo amase, estaba muy cabreada por lo que le había hecho a Paula.


— Te toca cuidarla, ¿recuerdas?― dijo con cierta actitud borde ―. Te dije que los viernes serian día de “Papi cuida a nena hasta que mamá lo perdone por ser un reverendo i-d-i-o-t-a” ― deletreó cada letra con énfasis.


— Cierto. Pero siempre esperas a que llegue a la casa ― se iba a cercar a darle un beso a su mujer pero cuando vio que Tamara alzaba una ceja y se cruzaba de brazos, se detuvo. La guerra no había terminado, pensó con acritud. Suspirando cargó a su hija y la miró ―. Así que repito, ¿qué te trae por aquí?


Tamara agitó su cabellera negra y estiró la mano hacia la hoja de observación, fingiendo prestar atención al registro. 


Sabía de memoria las fechas programadas para los próximos seis meses. Después de todo, ella se encargaba de mantenimiento de uno de los telescopios más grandes del mundo. Así había conocido a Elias en Puerto Rico. Ella estaba haciendo una estancia para un posgrado en instrumentación astronómica mientras que Elias y Pau lo estaban haciendo en astrofísica. Había sido amor a primera vista. Por eso odiaba estar enojada con él. Pero no podía dejar las cosas pasar tan fácilmente. Sobre todo cuando Elias le contó todo, a insistencia suya, y le reveló que había dejado creer al tal Pedro, que él cuidaría de Pau, pero no de una forma fraternal.


Tamara le había dado un buen golpe en el pecho a Elias por aquello.


— Tratar de enmendar tu e-s-t-ú-p-i-d-a metedura de pata ―. Deletrear palabras se había convertido en un reto. Al menos sabía que si llegara a participar en un concurso de deletreo saldría ganadora. Porque decir palabrotas frente a su hija estaba fuera de toda regla. Se giró y miró hacia el
escritorio de Paula ―. Vengo por Pau. Había quedado con ella para salir.


Carla decidió que era tiempo de que su padre le dedicara atención.


— Papi, papi, mila ― extendió una hoja de papel frente a él ―. Es mi libujo.


Elias admiró un manchón de colores verdes, naranjas y amarillos con tintes rojos. Buscó ayuda en su mujer para que le diera una idea de que era lo que su hija de cuatro años había dibujado pero Tamara lo ignoró.


— Yo... es hermoso cariño. Eres toda una artista.


Ella admiró el cuadro unos segundos. Padre e hija bañados por la luz del atardecer, ambos con una sonrisa contagiosa. Quería unirse a ellos, pero antes... Elias tenía que penar un poco más.


— ¿Dónde está Pau?


— La verdad es que... no sé. Yo...


— ¡¿Perdiste a Paula de vista?! – gritó. Y muy fuerte. Tanto que su hija se encogió de hombros al oírla. Corrió hacia ella y la tranquilizó acariciando su cabellera rubia ―. Perdón cariño. Mami está un poco alterada ― luego miró al padre, y si las miradas matasen, pensó Elias, él ya estaría tres metros bajo tierra ―. Elias, te pedí una cosa. Sólo una. No perder a Paula de vista.


Sabía que estaba exagerando, pero así como Pau había estado presente en el nacimiento de su hija, ella había compartido uno de los peores momentos de Pau. Ella había sido también testigo de lo mucho que había sufrido a costa de aquel hombre y precisamente por eso, deseaba mantener a Paula vigilada.


— Calma Tamy, seguro está dando una ronda. No puedo estar encima de ella todo el día – y aunque pudiera, la forma de volver a ganar la confianza entera de su amiga, era dejarla vivir.


Aunque eso cabreara a su mujer.


— Elias, te juro que si algo le pasa a Paula yo misma te dejare sin p-e-l-o-t-a-s, a pesar de lo mucho que me hacen feliz


— Tamara, por favor, no hables así – rogó Elias, arrepentido por enésima vez ―. Sé que la cag ― la mirada asesina de Tamara le hizo alzar los ojos al cielo y volver a cambiar sus palabras. ―... c-a-gu- e. Y estoy remediándolo. Te lo juro.


Tamar abrió la boca pero se calló al ver entrar a Stefana en la habitación.


— ¿Elias, sabes que rayos hace...? ― Vio a Tamara y sonrió ― Oh, hola Tamara. Pensé que te tocaba guardia hasta la proxima semana ― se acercó a Elias, para darle una caricia en la mejilla a Carla ―. Hola pequeña muñeca, ¿qué estás haciendo acá? ¿Vienes a destruir otro de los cuadernos de papá? ― preguntó echándose a reír y Carla la siguió.


Elias puso los ojos en blanco. Aquello no había sido para nada divertido. Dos meses de investigación se habían perdido gracias al arte de su hija.


— No me toca guardia, Stef. Vine por Paula ― contestó Tamara mientras Stefana le daba un beso en la mejilla como saludo.


— Ah cierto. Venía a preguntar si alguien sabe que rayos hace Paula en la playa.


El corazón de Tamara comenzó a acelerar como si estuviera corriendo un maratón. Miró a Elias y vio la misma expresión en su rostro.


Miedo.


— ¿Está en la playa? ― preguntó Elias lentamente.


— Sí, estaba sentada cerca de la orilla. La vi mientras venía subiendo ― Stefana era ajena a los rostros de la pareja, ya que la pequeña la tenía monopolizada ―. Le grité pero no me oyó. Lo que fuera que estaba haciendo, la tenía muy entretenida.


Elias salió pitando de la oficina con Carla en brazos Tamara pisándole los talones. Stefana los miró confundida y los siguió por simple curiosidad. Desde el observatorio se tenía una buena vista panorámica de la playa, gracias a su altitud. 


Pero tenían que salir del lugar. En el camino Elias chocó contra Rav y se acordó de que su amigo tenía unos binoculares que utilizaba para espiar a las turistas.


— Rav, préstame tus binoculares.


Por la mirada que Elias tenía, Rav actúo sin rechistar. No le dio tiempo ni de saludar a los demás. Fue a por los binoculares y regresó con ellos, tendiéndoselos a Elias.


― Cariño, quédate con Rav ― le pidió a su hija y salió del lugar, aclimatado artificialmente para recibir de golpe el cabio de temperatura y el viento golpeando su rostro. Tamara lo seguía fielmente y se quedó a su lado cuando él empezó a buscar a Paula con los lentes. El sol estaba ocultándose, dejando una hermosa acuarela de Monet en tonos violetas y nacarados en el cielo. El mar se empezaba tornar más oscuro. Y la arena a adquirir un tono brillante. Y en medio de todos estos elementos, se hallaba Paula. Su pelo estaba suelto y el aire lo llevaba de un lado a otro. Pero a ella no parecía importarle. Sonrió. Stefana tenía razón. Estaba muy entretenida.


La calma del momento se alteró cuando Tamara le arrebató los lentes y los enfocó al mismo lugar donde él la había observado. Una mano se lazó instintivamente buscando la de Elias hasta encontrarla y entrelazarla. Él le devolvió el gesto y Tamara se sintió más calmada. Paula estaba sentada de espaldas a ellos y parecía ajena al tiempo y a todo lo demás. ¿Y si estaba llorando?


— ¿Voy por ella? — “Se podría tirar al mar si no la vemos”. 


No lo dijo, pero sabía que Elias había leído entre líneas. Odiaba pensar lo peor de su amiga, pero era mejor estar preparada. Bajó los binoculares y miró a Elias. Y para su sorpresa lo encontró sonriendo. Él sacudió su cabeza y se
acercó hacia ella, pasándole un brazo sobre los hombros.


— No, creo que está bien — volvió la mirada hacia un punto en la lejanía, donde sabía estaba Paula. Sentada, escribiendo —. Sí, ahora está bien.








CAPITULO 64






Y al otro lado del mundo...


Pedro, te busca Pablo.


Carrie abrió la puerta y dejo entrar al gran P a la oficina antes de esperar una respuesta de su jefe. Sentado en su lugar, Pedro observo como Palo Chaves parecía ocupar toda la estancia de su oficina. Pablo no dijo nada, esperando a que Carrie desapareciera, cerrando la puerta.


Pedro cerró el libro de cuentas que tenía extendido frente a él.


― ¿Vienes a darme una paliza? ― Pablo no contestó ―. No te preocupes, no me apondré.


Pablo camino hasta la silla frente a Pedro y se sentó, colocando un brazo sobre el respaldo de la silla.


― Bueno, contando que sólo le prometí a Paula que te dejaría vivo, puede que sí. Sin matarte claro.


Pedro suspiró.


― ¿Entonces que será, el bate o los puños?


― Le dejaré el bate a Paloma, lo sabe usar mejor que yo.


“Y vaya que lo sabe utilizar”, pensó Pedro.


Llevaba una semana en San Francisco, viviendo en su bar. 


Regresar a casa había significado algunos cambios, como mudarse de casa de sus padres. Algo que ciertamente tendría que haber hecho mucho tiempo atrás. La mudanza fue rápida y en el lapso de los días de traslado, había evitado ver a cualquier miembro de la familia Chaves.


Aun así la visita de Pablo no era inesperada. Sin embargo, por mucho tiempo que tuviera para preparar el enfrentamiento, jamás estaría preparado. Así que, si Pablo quería retozarle el cuello, ¿quién era él para evitarlo?


― Vamos Pedro, ¿qué rayos pasó? — alzó la mano y lo señaló —. Hay que verte para saber que la estás pasando mal. Y aunque odio meterme en la vida sentimental de mi hermana, y me pregunto cómo rayos puede ser posible, Pau te quiere. Así que, ¿por qué no recoges tu horrible trasero y vas por ella?


― No puedo.


― ¡¿No puedes?! – gritó Pablo muy enfadado – ¿Cómo que no puedes?... ¿O será que no quieres?


Claro que quería. No había otra cosa que quisiera en el mundo que dejar todo y largarse por ella. Desde que se había marchado, desde aquel día en la playa, no quería otra cosa que estar con Paula, seguir con ella. Pero no podía. 


Ya le había hecho demasiado mal a Pau.


― No puedo, Pablo― volvió a repetir Pedro.


Pablo empuñó las manos. Luego las abrió para hacer circular la sangre para volver a cerrarlas.


― Sólo porque te conozco de toda la vida, no te reviento la cara Pedro. Porque sé que tu jamás tomarías a Paula por una aventura de vacaciones, o te juro que...


― Me gustaría decirte que si, y que así me pegues, y tener algo en que ocuparme. Pero no puedo mentirte en ello. Amo a Paula pero… ― bajó la cabeza y apretó su puño derecho ―... pero ya le hecho mucho daño Pablito. No pudo decirte más. Sólo que Pau se merece algo mejor.


― ¿Algo mejor? ¿Algo como qué? ―Pedro desvió la mirada y el instinto masculino le dio la respuesta a Pablo ―. ¿Te refieres al rubio que vino a verla?


La mandíbula de Pedro se tensó. Elias.


Sí, se refiera a Elias. Al perfecto Elias. Al hombre que no le haría daño a Pau de la manera en la que Pedro le había hecho. Un hombre que compartía muchas cosas con su Pau, y sobre todo, un hombre que no le haría sacrificar su carrera por algo tan insignificante como él.


― Puede ser ― contestó al final Pedro.


― Eres un verdadero idiota, Pedro. Si te hubieras fijado como es la relación entre ellos no estarías pensando esto. Son casi como... ― alzó las manos buscando la palabra adecuada ―, no sé, como ella con nosotros. Como hermanos. Sabes a qué me refiero.


Pedro no estaba con ánimos de oír acerca de la relación de su Pau con otro hombre, mucho menos si ese hombre era Elias. La había dejado ir. Quería que fuera feliz, pero por ahora no tenía el valor de seguir oyendo algo más.


― Pablito, te lo agradezco. Pero he tomado una decisión.


― Por dios, es como hablar con la pared ― masculló Pablo con voz tensa. Se acercó la puerta y miró a Pedro antes de marcharse ―. Sabes, siempre te vi como un hermano ― su voz tenía una nota de tristeza mezclada con... decepción―, y siempre te he admirado porque a pesar de todos los
obstáculos a los que te has enfrentado, has salido a delante. Y es por eso que me cuesta creer que hoy solo veo a un hombre cobarde frente a mí.


Salió sin esperar una respuesta.


Pedro lo agradeció. No tenía ninguna.





miércoles, 21 de diciembre de 2016

CAPITULO 63





La Palma, Islas Canarias


Era un duelo de miradas. Una era fuego hirviendo a través de ojos castaños que chocaban con la frialdad de unos penetrantes ojos azules. Llevaban así quince minutos y Paula ya se estaba cansando.


—No Stefana, no te cambiaré la hora de observación.


— ¡Paula! Estoy a punto de encontrar algo. Estoy más que segura. ¿Qué son unos días más?


Paula suspiro mientras se levantaba de su asiento, dejando su posición de brazos cruzados.


Tomó sus notas y empezó a buscar algo hasta que dio con ello. Le tendió a Stefana un calendario.


— Significa alterar todo un programa de seis meses — dijo mientras señalaba las hojas. La altura y complexión de Stefana, fruto de sus orígenes nórdicos, eran un poco intimidantes, pero luego de trabajar juntas tanto tiempo, Paula sabía cómo tratarla. Aunque claro, el hecho de que
fuera la jefa de rotaciones le daba un extra —. Hay gente esperando utilizar el telescopio también, yo incluida. Así que mi respuesta es no.


Stefana se dio la vuelta, enojada y murmuro:
— Elias me habría dejado.
A pesar de ser un susurro, Paula logro oírlo y en vez de molestarle, le hizo reír.


— Elias te tiene miedo. Yo no.


Sabiendo que la batalla estaba perdida, Stefana alzó los brazos al cielo y salió de la oficina hecha una furia. Paula se volvió a su silla, cuando oyó pisadas firmes acercándose a su oficina y vio a una Stefana muy sonriente.


— Es un verdadero placer tenerte de regreso, Pau.


Se dio la vuelta y desapareció. Paula no se movió hasta que dejo de oír las pisadas y entonces, se echó sobre su sillón de oficina, exhausta. Era mucho más difícil lidiar con las personas que realizar cálculos con astros que se encontraban a distancias inconcebibles. Oyó el sonido de
pisadas acercándose y alzo la cabeza para ver a Stefana, pero fue Elias quien apareció.


Vestía unos shorts playero, con flores negras y dibujos amarillos y naranjas, una camisa blanca de botones y sandalias playeras. Aquel era el atuendo normal de Elias, incluso en invierno, por eso durante su visita a San Francisco había resultado extraño verlo con una ropa formal. Se quedó en el umbral de la puerta, recostando su hombro izquierdo contra el marco de la puerta y los brazos detrás de su cuerpo.


— Yo la habría dejado.


Paula soltó un soplido.


— No me digas — preguntó con sarcasmo —. Podías haber venido a salvarme.


— Sabia que podrías manejar a Stef mejor que yo. Además, fui por esto al auto.


Mostró una bolsa roja típica de regalo y se la aventó. 


Paula la atrapó en el aire y miró el objeto con curiosidad.


— ¿Un regalo? Carla se va a enojar si se entera que me das regalos en vez de a ella.


Las cosas entre Elias y Paula habían vuelto a la normalidad, aunque muy lentamente.


Llevaba una semana en España y desde que había llegado a casa se había encontrado con un Elias demasiado atento. La invitaba a cenar todos los días, la pasaba a buscar ir juntos al trabajo y en los días libre la integraba a todas las actividades con su familia. Si no fuera porque Tamara y Carla la querían como a una más de la familia, Paula estaba segura de que Tamara pensaría que quería quitarle al marido y Carla, que sus papas acababan de adoptar una nueva hermanita con más de treinta años vividos.


Elias se acercó hasta ella y tomó la silla a su lado.


— Carla no lo hará porque su tía Paula no le dirá nada — se dio la vuelta hacia su escritorio, el cual estaba en la misma oficina que Paula y alzó los pies sobre la mesa mientras
cruzaba los brazos detrás de su cuello y adoptaba su pose favorita —. Dios, tengo la hija más obstinada del mundo.


Ella asintió y miro hacia la única foto en el escritorio de Elias. 


Tamara sonreía a su hija, una pequeña de ojos azules y cabello rubio como su padre, contrastando con la piel tostada y cabello negro de su madre, de origen brasileño. 


Los tres llevaban juntos desde Puerto Rico, y habían
pasado por mucho juntos. Elias y Tamara eran sus mejores amigos, y tenían a una pequeña diablillo que les hacia los días un poco ajetreados.


— Pero lo bueno es que tienes la mejor madre del mundo para criarla. Tamara no deja que Carla sea así con ella. En cambio tú — dijo mientras golpeaba la silla provocando que Elias se tambalease y abriera los ojos —… solo pone esos ojitos llorosos y le das todo.


Elias se acomodó en la silla y se alejó una buena distancia de Paula.


— Es mi pequeña. No me gusta que llore, me parte el corazón.


— Eres un blandengue, eso es lo que pasa.


Y aquella cualidad era la que hacía imposible enojarse con Elias.


Elias era uno de eso hombres que no podía ver a una mujer llorar, mucho menos a sus mujeres. Él la había visto sufrir, y había hecho lo que él había pensado era correcto para evitar un nuevo sufrimiento. A su muy particular manera de ver, Elias era como un padre para ella.


Y Tamara no se quedaba atrás. No le gustaba meterse entre las cosas de pareja, pero sabía que Tamara aún no le perdonaba a Elias el haberse inmiscuido en sus cosas. Entre ratos le tiraba insinuaciones mal intencionadas a Elias y el solo contestaba con gestos. Mientras que con ella, Tamara se comportaba, bueno, como una madre. El primer día de su llegada la había obligado prácticamente a quedarse a dormir a su casa y hablar de Pedro. Curiosamente, Paula solo había derramado una lágrima al relatar su trágica historia de amor a su vieja amiga, a pesar de la influencia de dos copas de vino. Tamara la había escuchado en silencio dejándola deshaogarse y hablar por casi tres horas. Como mujer, había cosas que si podía compartir con Tamara y que sabía, entendería de una manera en que Elias jamás lo haría.


Después de esa platica, Tamara la invitaba a desayunar todos los días, le mandaba recipientes con comida casera, la incluía en sus actividades de tiempo libre, que resultaban ser las mismas que Elias, por lo tanto, estaba con ellos casi todo el tiempo. En resumen, cuidaban de ella.


— Dios, en verdad tiene una hermanita — murmuró Pau, en voz alta, sin darse cuenta.


— ¿Qué dijiste? — pregunto Elias poniéndose recto.


Pau sacudió la cabeza lentamente con una leve sonrisa en su rostro. Enfocó la mirada en la bolsa de regalo.


— Ábrelo.


La voz de Elias le llego desde un lejano rincón de la habitación. La miraba con demasiada atención. Paula comenzó a sentirse incómoda por tanto misterio. Abrió la bolsa y empujó las hojas de papel rojo y blanco que rodeaban el regalo. Chocó contra una superficie lisa y dura. 


Sacó el regalo y lo observó anonada.


— ¿Un cuaderno? — En realidad era una libreta tipo francesa, con lomo de piel marrón y en repujado en la portada en tonos verdes y marrones. Tenía además un listón verde botella que cruzaba las hojas del cuaderno. Parecía más bien... Lo miro de nuevo, comprendiendo ahora el misterio del regalo — ¿Por qué?


— Es mi manera de recompensarte la que perdiste — tomó la silla y se deslizó con ayuda de las ruedas hacia Paula. Llego en medio segundo y tomó el diario en su mano —. Piénsalo. Esta vez puedes reescribir la historia, desde otra perspectiva. Tú me dijiste que la mujer que escribió en aquel viejo cuaderno no es la misma que la que tengo aquí presente. Demuéstralo — acarició sus manos con fraternidad y le dio una breve sonrisa — Prometo no leerlo ni robártelo.


Una risilla salió de los labios de Pau. Volvió a tomar el diario en sus manos y acarició la superficie. Otra perspectiva. 


Quizás lo que necesitaba, en vez de hablar con los demás, era hablar con ella misma. Miró de nueva cuenta a Elias y sonrió.


— Más te vale que no lo hagas. No creo que te guste lo que voy a decir de ti — Se levantó de la silla haciendo que Elias se alejara unos centímetros, perfectos para que Paula pudiera salir —. Y ahora me retiro. Quiero comprobar que Stefana no va intimidar a ninguno de los chicos para que
cambien su hora de observación.


— Ve con todo, Pau.


Pau le guiño el ojo saliendo de la habitación, y llevándose el cuaderno con ella.