Natalia Trujillo

martes, 20 de diciembre de 2016

CAPITULO 56





El viento soplaba ferozmente, quizás vaticinando la tormenta que se formaría entre ellos dos.


Siguiendo sus instintos, Paula había conducido como una poseída sin importarle la policía o su padre, hasta Baker Beach. Su playa.


Condujo por la calle, y sus esperanzas empezaron a palidecer al no ver ninguna alma en la playa. Ya estaba comenzado a buscar otras opciones cuando vio a Indi estacionada sobre una duna, y no muy alejada de ella, estaba Pedro, sentado en la arena, con la mirada perdida en el horizonte.


— Oh Pedro — susurró llevándose una mano a su pecho, justo encima de su corazón.


Se estacionó y apagó el motor de Cadi. Pero en vez de correr hacia él, se quedó observándolo en silencio. Se aferró con fuerza al volante, deseando poder calmar el remolino de emociones que la acorralaban en ese momento y callar todas las voces que gritaban en su cabeza lo tonta que había sido.


Se dio un minuto, sólo uno, para buscar la serenidad y el valor necesario para ir y hablar con Pedro. No podía ver con claridad su rostro, apenas podía distinguir aquel mentón cincelado y el perfil de su nariz.


Abrió la puerta del auto y una ráfaga de viento helado entro dentro del auto. La piel de Pau se erizó reaccionando instintivamente, y se envolvió entre sus propios brazos, deseando que fueran los Pedro en su lugar. Comenzó a caminar lentamente hacia él, peleando entre momento con su cabello, que era víctima del viento, llevándolo de un lado a otro, siguiendo su voluntad. Sus ojos ardían, aunque quizás era por el salitre que el viento llevaba. Tenía que ser eso, pensó Paula. Sus pasos se fueron haciendo cada vez más lentos y la temperatura cada vez más baja.


Llegó hasta él y sólo tenía deseos de inclinarse y envolverlo entre sus brazos, pero la fría mirada que Pedro le dirigió la detuvo por completo.


Pedro la sintió.


Mucho antes de voltear a verla y admirar su rostro, la había sentido, cerca de él, acercándose cada vez más. Pero en vez de que su corazón saltase de alegría y mil sensaciones cada vez que la veía, su corazón se apretó contra su pecho y deseo poder estar en cualquier lugar, lejos de ella.


— ¿Me ibas a contar la verdad alguna vez? — preguntó a la vez que alzaba el cuaderno gastado que había pasado leyendo la última hora.


Paula observó su viejo diario y a pesar de que sabía exactamente lo que estaba escrito ahí, lo que Pedro había leído, verlo de nuevo fue un duro golpe. Aun en el último instante, había albergado la esperanza de que Elias no le hubiera entregado nada. Miró a Pedro pero el contacto duró sólo un segundo, pues bajó la mirada avergonzada. Podía mentirle, pero ¿de qué serviría?


— No — dijo en un fino murmullo, apenas audible por el crujir de las olas.


Fue consciente de cómo Pedro apartaba la mirada de ella y aquello le llegó directo al corazón.


A pesar de estar parada frente a él, Paula se sentía pequeña frente a él; observada desde los cielos por un titán.


— ¿Por qué no Pau? ¿Por qué no me lo dijiste?


A ella se le ocurrieron un montón de respuestas, todas veraces, pero la más sencilla fue:
— Porque ya pasó Pedro. No importa.


Las dos últimas palabras rompieron con el fiero control de Pedro. Se levantó con la rapidez de un rayo y se plantó frente a ella. Para él fue un choque ver como Pau retrocedía un paso, como si le temiese. Eso aumentó más su enfado.


— ¡¿Qué no importa?! — alzó las manos rumbo a ella, pero las detuvo en el aire, cerrando la mano libre sobre la que llevaba el diario Aun. Si la tomaba entre sus manos, si la tocaba, Pedro no estaba seguro de que sería capaz de hacer. — ¡¿No importa que te hubieran despedido de Puerto
Rico?! ¡¿No importa que estuvieras al borde de la muerte?! ¡¿No importa que llegaste a pensar que estabas embarazada?!


— Si leíste todo, entonces sabes que no lo estaba — El frío recorriendo su espina dorsal, deslizándose lentamente por la vértebra hizo que sus palabras no sonaran tan firmes como hubiera querido.


“No hay bebé, Pau.”


— ¿Y eso arregla todo? — Pedro comenzó a caminar de un lado a otro —Sí Pau. No lo estabas, pero debiste decírmelo. Debiste decirme todo esto — dijo alzando el diario —. Yo te conté todo, maldición.


Paula respiró profundamente. Luego dos veces, luego tres. Y cada una era más profunda que la anterior.


— Eso… eso fue escrito por una mujer herida mucho tiempo atrás. Ahora ya no importa.


— ¡No importa! ¡No importa! — gritó —. Sigues repitiéndolo, pero sé que ni tú te lo crees. Decirme “una depresión” es contar nada comprado con lo que leí —Paula no lo vio venir.
Cuando su mente pudo procesar sus movimientos, él ya estaba frente a ella, tomándola de los brazos — ¿Por qué Pau? ¿Por qué no me dijiste nada?


— Porque estoy avergonzada —. En vez de responderle en el mismo tono, Pau se encontró hablando entre susurros. Mirándolo a los ojos y sangrando, al ver en sus cálidos ojos grises tanta ira y tristeza mezcladas —. Porque me avergüenzo de todo esto Pedro.


Pedro la soltó y se alejó dos pasos de ella. Sólo dos pequeños pasos pero para Pau pareció todo un precipicio entre ambos.


Ninguno habló. Solo se oía el choque de las olas, unas con otras en un ciclo sin fin y de cómo la leve espuma se formaba contra la fría arena, el murmullo antiguo del viento y la respiración agitada de Paula peleando contra las lágrimas.


Y entonces, se dio cuenta.


Ese era el momento para decirle todo a Pedro, y quizás, hacerle ver las cosas de otra manera.


Miro el cuaderno que él Aun sostenía. Aquel diario había sido escrito casi cuatro años atrás. La mujer que lo había escrito había desaparecido en el olvido, y la que estaba frente a él era otra. Y Paula quería hacérselo ver.


— Me destrozó. El que tú no sólo regresaras casado sino con una esposa embarazada… me destrozó. Cuando regresé a Puerto… — había comenzado titubeante pero al final había logrado que su barbilla no temblara al hablar. Sin embargo, mencionar Puerto Rico implicó recordar Puerto Rico. Recordó cuando al bajar del avión y entrar en la sala de espera. Se había encontrado con Elias en el aeropuerto. Había tirado las maletas al piso y se había echado a correr hacia su amigo, dejándolo sorprendido, llorando sin importarle donde estaban —. Cuando regresé a Puerto Rico me sentía no sólo herida sino que era poco cosa… sin valor. Trabajé como un robot la primera semana, y cuando llegaba a casa sólo podía dormir después de haberme quedado cansada de tanto llorar.


“Los primeros días amanecía y dormía llorando.” Pedro recordó las palabras que había leído en el
cuaderno. A pesar de habérselo pedido, de necesitar escuchárselo decir, para comprobar que no era una trama de alguna novela, oírle narrar los sucesos era…devastador.


— Y entonces comenzaron los síntomas — Paula observó a través de la neblina de sus ojos como Pedro cerraba los ojos. Sintió su garganta seca —. Nauseas por la mañana, falta de sueño, cambios en mi cuerpo. Fue mi amiga Tamara la que me preguntó si no estaba embarazada, ya que ella había pasado por lo mismo meses atrás. Me hice la prueba y… — Paula cerró los ojos y en cuanto lo hizo, un vivido recuerdo llegó a su cabeza. Los tuvo que abrir —… y salió positiva. Aquello me regresó a la vida. No te tendría a ti, pero tendría algo de ti. Y eso me parecía suficiente. No le dije nada a nadie. Era mi secreto. Era mío.


Instintivamente Paula estuvo a punto de llevar una mano hacia su vientre plano y vacío, pero detuvo el gesto a tiempo. 


Aunque no tanto, pues Pedro lo notó.


— Por sólo un par de semanas volví a la vida. Y justo cuando comenzaba a sentirme feliz otra vez empezaron los dolores, los calambres. No sangraba pero algo malo me pasaba, y temía por… por… — no pudo decirlo. No podía decirlo porque era tan doloroso hablar de algo que jamás existió —. Estaba en casa sola, así que llame a la única persona en la podía confiar y que sabía podía cuidar de mí.


Elias.


La ira de Pedro aumentó, Ira contra sí mismo. Él debió de estar con ella. Él debió de cuidarla.


Él… debió hacer tantas cosas.


— Elias me llevó al hospital y en trayecto le confesé acerca de… de mi estado. Lo demás está rodeado de una burbuja de confusión y recuerdos mezclados. Sólo sé que al despertar de la cirugía ya no hab…


“No hay bebé, Pau”. Las palabras de Elias resonaron una vez más en su cabeza. No había bebé porque nunca lo hubo.


— Fue un embarazo psicológico. Todo fue producto de mi mente y mi cuerpo confabulando contra mí. Al final, la operación había sido por una apendicitis. Una maldita apendicitis — la amargura en su voz se palpaba con el aire.


Pedro no deseaba oír más. No quería oír más. Quería tomar a Paula y borrar esos malditos recuerdos de su mente. Borrarlos para siempre de su mente y su corazón. No quería… pero lo es oírla. Y la peor parte se venía.


— Después de esto, regresé a casa y no pude salir de mi dolor. Era como una zombi viviendo en el cuerpo de Paula. Apenas comía o bebía siquiera agua. Había dejado mi trabajo tirado a medio proyecto y… nada me importaba. Entonces… —Paula sintió arder sus mejillas. Decir esto
en voz alta eran tan doloroso, tan vergonzoso —, entonces pensé en ponerle fin a mi sufrimiento.


Pedro cerró los ojos lentamente mientras dejaba salir un lamento de sus labios.


— Dios, Pau…


— Miles de ideas pasaron por mi cabeza y cada una de ellas era tan tentadora como la otra. Solo quería dejar de sufrir, de recordar que ya no te tenía a ti o tu bebé mientras que otra mujer tenía ambas cosas. ¡No era justo! — Sollozó Paula con las lágrimas escurriendo de sus ojos —, no lo era —. Y justo cuando estuve a punto de hacerlo, de en verdad hacerlo, me vi a mi misma en el espejo y vi a una persona extraña. Aquella mujer no era yo. Yo no era así. Yo no soy así. No soy cobarde, no soy débil, soy humana y cometo errores — “No eres cobarde ni débil, Paula, simplemente eres humana y los humanos nos caracterizamos porque sabemos cuándo cometemos errores y sabemos cuándo podemos enmendarlos”. Aquellas habían sido las palabras de Doc dichas a Pau y había sido el lema
que le había salvado la vida —. Llame a Elias y busque ayuda. Así conocía a Doc… al Dr. Juan Peña, un excelente psiquiatra y una maravillosa persona. Él insistió en que escribiera eso — dijo señalando el diario —, dijo que de esa forma podía desahogarme por completo ya que me negaba a
hacerlo con él.


— ¿Y lo de tu despido no importa tampoco Pau? — pregunto Pedro sin mirarla.


Y Paula agradeció que no lo hiciera, porque entonces él habría visto la verdad.


Aquello sí había importado.


— Lo malo de vivir en un lugar chico es que todo se sabe — suspiró controlando ya las lágrimas—. Para cuando estuve totalmente recuperada, todo el mundo sabía acerca de mi frágil condición — Paula recordó las miradas, los susurros a su espalda. Había sido un infierno pero había salido adelante hasta… — y entonces, esos comentarios llegaron a los altos mandos. No podían tener una persona “con tan frágil condición mental” dirigiendo un proyecto de varios millones de dólares, así que amablemente me dejaron ir.


— ¡Desgraciados hijos de perra!


Paula curvó los labios en una sonrisa agridulce.


— Eso fue lo mismo que Elias y Tamara dijeron. Entonces salió la oferta en España y llamaron a Elias, ofreciéndole una plaza, así que ambos se fueron. Mientras yo me decidía que hacer o no con mi vida, Elias y Tamara lograron convencer a sus jefes de contratarme. Llegue ahí y lo sucedido en Puerto rico sólo había sido una mala pesadilla. Y eso es todo lo que hay esa libreta, Pedro.
Fueron malos tiempos y no los podemos cambiar. Pero tampoco quiero vivir aferrada a ellos. No ahora que por fin te tengo.


Pedro sabía que ella había terminado de hablar. Ahora era su turno de hablar. Pero, ¿qué podía decir? Mientras la oyó hablar, fue recordando la forma en la que ella lo había tratado al llegar a casa de sus padres, la forma en la que él la había abordado buscando otra oportunidad… se sentía una rata. No, mucho peor. Porque si los papeles fueran diferentes, él no se sentía tan grande como Paula, como para haber olvidado lo demás.


― ¿Cómo puedes siquiera mirarme Paula?


Paula sentía la garganta sumamente irritada y encima sentía un nudo que iba desde su garganta hasta su estómago y del cual tiraban para no hacerla hablar. Se acercó lentamente a Pedro y lo tocó. El contacto fue lento y sintió el respingar de Pedro. Y aquello le dolió. Pero al menos no se retiró. 


Colocó una mano sobre su brazo y la otra sobre su mejilla haciendo que él se volteara hacia ella y abriese los ojos. 


Cuando la miró, Paula deseó transmitirle con todo su ser las siguientes palabras:
― Pedro, eso no… — iba a decir que no importaba, pero no quería obtener la reacción de Pedro de minutos atrás —. Ya pasó. Terminó ahí.


Pero él sacudió la cabeza de un lado a otro.


― Cada vez que recuerdo las palabras de Elias…


Ella no tenía idea de que habían hablado aquellos dos y en cuanto tuviera a Elias cerca, le sacaría la verdad con una cuchara.


― Todo eso está olvidado, Pedro — insistió.


― Pero yo no lo puedo olvidar. Pensar que casi mueres en Puerto Rico. Y todo por mi culpa — él nunca había visto ninguna cicatriz en el cuerpo de Pau, pero analizando ahora las cosas, Pau nunca le había dejado hacer el amor con la luz prendida. Pensó que era por timidez. Ahora sabía la verdad.


― No fue enteramente tu culpa. Fue la mí también, ¿no lo ves? — preguntó ella —. Una vez te dije, aquí mismo, en esta playa, que dentro de mí vivían dos Paulas. Te dije acerca de la Paula herida… fue ella la que escribió ese diario, pero esa misma mujer no es la que está aquí, frente a ti — se acercó a él, recargando su frente contra su barbilla —. Esa mujer no creía en segundas oportunidades, esa mujer, jamás pensó que podría estar otra vez contigo, así como ahora.


Alzó la cabeza y ambas miradas se mezclaron, entonces ella, esa Paula, se animó a tomar su oportunidad. Se alzó y dejó que sus labios se fundieran con los de él. Ambos reaccionaron como fuego y pólvora, en una explosión de pasión. La mano de Pau que acariciaba su mejilla se fue
entonces a hundirse en la cabellera espesa y sintió las manos de él aferrándose con fuerza a su cintura. El beso parecía el preludio de una reconciliación y entonces ella dejó salir las palabras que se apretaban contra su pecho:
— Pedro, te amo tanto.


Súbitamente, el beso se detuvo. Pedro la había tomado de las muñecas y la había empujado sin soltarla, sólo para terminar con el beso.


― Pau… No puedo… no puedo… ¡No puedo, maldita sea! No puedo tocarte sabiendo que te causado tanto dolor — como si sus propias palabras le recordasen que Aun la tenía tomada de las manos, la soltó como si la quemase ―. No puedo Pau, simplemente no puedo olvidar — se dio la vuelta y se preparó para decir lo que había ensayado desde que había terminado de leer el maldito diario —. Te he echado a perder la vida una vez. No lo volveré a hacer nunca más.


― ¿Qué quieres decir? — Él no contestó tan rápido como ella hubiese querido, y el pánico dio rienda suelta a su ira — ¡¿Qué quieres decir Pedro?!


Con lentitud, Pedro se giró, sabiendo que había encontrado la serenidad para romperse él mismo el corazón.


― No puedo obligarte a quedarte, Paula, y no me puedo ir. Mi vida está aquí, y la tuya no.


― No me estás obligando a nada. Yo he decidió quedarme. ¡Mi vida está donde estás tú!


― ¿No lo ves Pau? Esto, pensé que podría, pero míranos. Tú estás dispuesta a renunciar a todo. ¡¡TODO!! Por mí, pero yo… si tú me pidieras que te siguiera, no podría.


Paula oía pero no entendía nada. Ése no era su PedroPedro no podría estar siquiera planteándose esa estúpida idea…


― Tú me amas Pedro.


― No lo suficiente Paula.


Ella no se rendiría tan fácil.


― Me quedaré.


― No me importa. Es más, si lo haces, yo me iré. No puedo estar contigo, Pau. No puedo.


Paula comenzaba a desesperarse. Las cosas no estaban saliendo bien.


― ¿En verdad crees que todo es así de simple? ¡Yo — gritó señalándose a sí misma — soy la que sufrí todo eso! ¡Yo soy la que sobrevivió a eso! Yo, Pedro, no tú. Y si yo he podido olvidarlo, ¿Por qué tú quieres seguir aferrado a eso?


Porque no lo estaba, pensó Pedro. A él le había dolido como el infierno enterarse de todo eso, pero no quería vivir aferrado a eso. Era el futuro lo que preocupaba.


Elias tenía razón.


Paula amaba su trabajo, igual o más que él. Y lo había perdido, al igual que él. Ahora tenía ambos, pero tendría que sacrificar nuevamente su trabajo para tenerlo a él. Además, era un maldito cobarde, porque tenía miedo. A pesar de su mirada recelosa, Pedro estaba por dentro muerto de miedo. 


De que un día, tal y como Elias le había dicho, ella lo mirase y no lo viera a él, sino a lo que había dejado por él. Claro que tenía otra opción y era irse con ella. Él no tenía nada que lo atara a ese continente. Podía largarse y seguir a Pau hasta el fin de mundo. Pero tenía miedo, joder, de que un día ella se cansara de él, o de que ella le recriminase lo que había perdido en Puerto Rico. Porque Dios, él había hecho lo mismo.


Lo único que jamás le contó a Pau era su propia vergüenza, del día en que borracho como una cuba le había echado en cara a Emilia todo lo que había perdido por su culpa.


No quería lo mismo para Paula. No quería ser su dolor ni su cicatriz.


—Lo siento, Pau, pero si yo estuviera en tu lugar, no lo haría. No podría dejarlo.


― No te creo — pero la flameante actuación de Pedro estaba provocando que Paula en verdad se empezara a creer sus palabras.


Pedro avanzó a ella, con la cara seria y el ceño fruncido.


― Si tuviera que escoger entre tú y regresar al campo a oír el clamor de la gente gritando mi nombre, a sentir la adrenalina correr por mis venas una vez más, lo siento Paula, pero no eres tan importante. Y aunque sólo es hipotético, eso me hace ver que te amo, pero tanto como pensaba — le dolió con cada fibra de su ser ver el dolor que le estaba provocando, pero se dijo, era para un bien mayor —. Una vez me dijeron hace mucho tiempo que lo que Pedro quería, Pedro lo tenía. Y que mi misión era pasmar a la gente con mis decisiones. Los Meets en vez de los Yankees, una Indian en vez de una Herley… — lo vio. Vio como sus ojos se agrandaban y entendían el cauce de su discurso, y aunque deseó que ella no lo hiciera, lo hacía —… tú en lugar de Amelia. Después de analizar mis sentimientos, creo que tienes toda la razón. Creo que en realidad me obsesioné contigo porque no cumples con los estándares.


Paula se preguntó de dónde venía esa fuerza para mantenerse de pie, para seguir respirando, para seguir mirándolo. Ella le había dicho esas palabras. Ella había hecho ese análisis.


Ella había llegado a esa conclusión, pero jamás pensó que ella podría estar dentro del mismo catálogo de “excentricidades de Pedro”. Y a pesar de que sabía que lo hacía con la intención de alejarla, a pesar de que sabía sus intenciones, no por eso el dolor era menos intenso.


― ¿Entonces esto es todo?


― Creo que siempre supe que tú te irías.


Paula se preguntó si aún estaba llorando. No podía sentirlo. No veía borroso, pero no sentía nada. Quizás el frío habría logrado congelar su cuerpo. Porque no sentía nada. Quería
quedarse y seguir insistiendo con él, pero vio en su mirada que él ya había tomado una decisión.


La de alejarla de él. Y oh buen dios, con qué facilidad lo estaba logrando.


Y de algún lugar recóndito, vino una llama de orgullo. 


Entonces ella también jugaría la misma jugada.


― Sólo una cosa más, Pedro. La primera vez que me fui, me cerré por completo a la vida, al futuro que se abría ante mí. Esta vez no pasará así. Quiero seguir a delante, y si tú no vas a formar parte de ella, no será mi culpa. Ya no… ya no puedo esperarte más.


En lugar de obtener alguna reacción de su parte, Pedro sólo asintió, resignado.


— Lo sé Pau. Te deseo lo mejor. Quizás Elias sea lo mejor para ti.


— ¿Elias? Elias está… ¡oh, eres un tonto! ¡Un tonto! — gritó tan fuerte que tuvo que toser para que el aire regresara a sus pulmones. Pedro había dado un paso hacia ella, pero se había detenido. No la había ayudado. Pau vio que aquella era una batalla perdida, así que carraspeó dos veces y se compuso — Lo siento. Me tengo que ir.


Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la camioneta. 


Sus pasos fueron haciéndose cada vez más lentos, y espero… espero a que él la llamara. Pero no hizo. Llegó al auto y se giró para observarlo. Se había quedado parado frente al mar, con las manos entrelazadas atrás de su espalda, los ojos cerrados. El viento alborotaba su cabello justo como lo hacía con ella, pero al no pareció importarle. 


Tenía los ojos cerrados y el rostro levemente alzado hacia los escasos rayos de sol que llegaban.


Se debatió entre subirse al auto o regresar con él y hacerle entender aunque fuera a gritos y lágrimas, que lo amaba. 


Pero se dijo, que tendría tiempo. Le daría un par de horas para calmarse y luego volvería a hablar con él. Así que se subió en el auto y arrancó.


Lo volvió a observar, ahora por el espejo retrovisor mientras se alejaba de la playa.


No se había movido.



****



“No me dejes. Oh Pau, no me dejes.”


Pedro escuchó atentamente hasta que el motor del Cadillac se dejó escuchar. Entonces, sólo entonces, se atrevió a abrir los ojos, y por fin, dejó que las lágrimas que había estado reteniendo, rodaran por sus mejillas.




lunes, 19 de diciembre de 2016

CAPITULO 55






Las llantas del Cadillac rechinaron cuando Paula se estacionó frente al restaurante. Saltó fuera del auto cerrando la puerta de un solo golpe y entró en el bar, a pesar del cartel “Cerrado” que se rezaba en la puerta. Vio a Carrie en la entrada pero no la saludó sino que corrió hacia la oficina de Pedro. Subió de dos en dos los escalones y abrió la puerta de golpe. Estaba vacía.


La mano de Paula apretó con fuerza el picaporte dejándose caer contra la puerta. Cerró los ojos y tomó aire. Quizás Elias no le había dado nada. Quizás, sólo quizás sus plegarias habían sido escuchadas.


― Pedro se fue hace unos diez minutos.


Pau se dio la vuelta y vio a Jesy parada frente a ella, con el brazo izquierdo aferrado al derecho por el codo, y la mirada llena de curiosidad.


― No dijo a donde, sólo salió. Se veía mal, Pau. En verdad mal. ¿Qué está pasando?


Las esperanzas de Pau empezaron a flaquear. Había logrado vencer a las lágrimas durante todo el trayecto de su casa al embarcadero, pues se había encontrado con los peores conductores de San Francisco precisamente ese día, pero ahora que la adrenalina estaba empezando a abandonar su sistema, ya no podía más con ellas.


― ¡Pau! ―chilló Jesy al verla echarse llorar. Corrió hacia ella y la tomó entre sus brazos ―. ¿Qué tienes? ¿Qué rayos está pasando?


Paula se alejó del cuerpo de Jesy. Se limpió las lágrimas con el dorso de la manos y respiró repetidas veces con fuerza. 


Tenía que encontrar a Pedro.


―Lo siento Jesy, luego te platico ― pasó a su lado y bajó las escaleras, con Jesy detrás de ella. Se detuvo y la miró ―. Estoy bien, sólo necesito encontrar a Pedro.


Jesy la miró no muy convencida de sus palabras, pero aquello era cuestiones de pareja y sólo inmiscuyen a dos personas.


― No sé dónde está. Sólo salió. Dijo algo de aclarar la mente.


La expresión en el rostro de Paula cambió. Una idea le atravesó como relámpago recorriendo todo su sistema hasta sus entrañas. No se despidió de Jess. Ni siquiera la miró. 


Bajó corriendo las escaleras, corrió hacia Cadi, prendió el motor y se dirigió al lugar que su alma le gritaba, era el correcto.




CAPITULO 54





La mañana de Navidad resultó como cualquier día después de una gran fiesta: lento y apagado. Circulaba un aire frío por toda la ciudad, y una leve llovizna caía por la zona del embarcadero. Ese día el restaurante estaba cerrado, pero había gente trabajando, llenando el refrigerador o la cava. Pedro aprovechó para ponerse al día con las cuentas, y ese día más que otros, ya que había tenido un poco olvidado el bar. Ojeó el libro de cuentas al mismo tiempo que tomaba un sorbo de su café colombiano. Diciembre estaba resultando un gran mes, pensó complacido. No sólo a nivel económico sino también a nivel sentimental.


Dejando la taza sobre su escritorio, se recostó en el asiento, colocando las manos detrás de su cuello y girando la silla para mirar la bahía a través de la ventana. Su piel se erizó mientras que una corriente de adrenalina tensaba sus entrañas al recordar las palabras de Paula la noche anterior.


Habían pasado tantas cosas en tan pocas horas, muchas de las cuales habían sido decisivas para su vida. Recordó sus labios diciendo que lo amaba. No, no sólo eso. Pensó en lo que ella estaba dispuesta a hacer. Quedarse en California.


La llegada del tal Elias no sólo le había arruinado su día especial, pensó con amargura, sino que además, su presencia le había quitado la oportunidad de hablar con ella la noche anterior. La Palma. San Francisco. Eran dos lugares completamente diferentes. Y ella estaba dispuesta a
cambiarlo todo por él. Pedro se sentía un poco incómodo con respecto a ello. Y era sobre eso de lo que quería hablar con ella.


Él también había pensado acerca de ello. Joder, si casi no había dormido en la última semana, contando los días que le faltaban a Paula para regresar. Una relación a distancia no era una opción. Luego estaban las opciones. Ella se venía a California o él se iba al otro lado del mundo.


Cambió de posición, ahora rascándose la barbilla. La idea no le atraía del todo, pero tampoco la de quedarse sin ella. Y por ella caminaría sobre fuego, si fuera necesario. Él que Paula le hubiera dicho que ella pensaba quedarse en California, provocó en Pedro un profundo desprecio contra sí mismo. Él quería demostrarle que también podía hacerlo. 


Por eso mismo, desde hacía una semana había parado la construcción del nuevo bar. Alzó su mano izquierda colocando su pulgar sobre su pómulo y el resto de los dedos descansando sobre su mentón, cubriendo totalmente su boca. En realidad, con el paso de los días y hasta la noche anterior, la idea de estar viviendo en La Palma se le había hecho cada vez más real. Había entrado incluso en la red para ambientarse un poco con la geografía –que para su vergüenza era pésima- y conocer un poco el lugar. Y tenía que decirlo, era grandioso. Tenía unas grandiosas playas. Y si no mal recordaba Tenerife había estado alguna vez en su lista de playas a visitar. ¿Qué mejor que una vivienda allá? 


No era asquerosamente rico, pero tampoco se estaba muriendo de hambre. Sus días como deportista habían acabado, y la idea de entrenar a chicos que lo sacarían de quicio no le atraía demasiado. Un bar allá quizás fuera una buena inversión. Es decir, ¿la gente tiene que despejarse después de tanto números y teorías, no? Los dedos de mano se convirtieron entonces en un abanico que se deslizó
con frustración sobre todo su rostro, restregándose por toda su extensión.


“Algunas decisiones no se pueden tomar a la ligera, Pedro”, susurró su siempre fiel voz de la conciencia. Pero otra voz interior habló y formuló la pregunta. “¿Podrías vivir sin Pau?”.


Unos suaves golpecillos contra la puerta lo pusieron en alerta, colocándose en posición recta.


Dio permiso de entrar y la rubia cabellera de Carrie se asomó detrás de la puerta con expresión prudente.


― Pedro… te busca un tal Elias Hansen.


El nombre siguió retumbando dentro de su cabeza por un par de segundos. El amigo de Paula. ¿Qué rayos hacía ahí?


Y entonces las palabras de Pau volvieron a su cabeza. Le había pedido que le diera una oportunidad a su amigo. No debía ganárselo, pero lo intentaría, solo por ella. Suspirando se levantó de su asiento mientras le daba la orden a Carrie.


― Hazlo pasar.


Ella sólo tuvo que abrir la puerta, porque el tal Elias ya estaba ahí, esperando. Y entendió el porqué del nerviosismo de su empleada. El hombre traía una cara de pocos amigos, la mandíbula recta, los labios estirados, todo en él irradiaba tensión. Pedro se vio a sí mismo con una larga charla por delante.


― Buenos días ― murmuró Elias, aunque en su tono dejaba ver que no era tan buenos como él quería.


Pedro regresó su mirada a Carrie quien estaba todavía parada en la puerta, con la mano apretando el picaporte.


― Gracias Carrie. Eso es todo. ― Ella salió de su ensueño y asintió levemente, saliendo luego de la habitación. Pedro contó hasta cinco y luego volvió la mirada hacia su invitado ― ¿No viene Paula contigo?


― No. Quería hablar contigo a solas ―. Eso y otras cosas más, pensó Elias. Observó a Pedro fruncir levemente las cejas, pero cambió su expresión rápidamente.


― Adelante. Ponte cómodo.


Elias avanzó hacia una de las sillas que estaban frente al escritorio de madera. Avanzó con ambas manos enterradas en los bolsos laterales de su pantalón oscuro, pensando seriamente si estaría haciendo lo correcto. Llevaba un saco café oscuro de bolsos interiores, y a pesar de no tocar el cuaderno, lo sintió no sólo porque estaba rozando contra su pecho sino porque su saco pesaba demasiado, como si en lugar de un par de hojas, llevara colgado un alma en pena. 


Se sentó, y cruzó una pierna sobre la otra, recargando un brazo contra el respaldo del asiento.


― ¿Te puedo ofrecer algo? ¿Una bebida, un café, desayuno? ― preguntó Pedro, desde su asiento, detrás del escritorio.


― No, gracias, estoy bien.


Se hizo un silencio tirante alrededor de ambos. Elias miraba fijamente a Pedro, mientras que éste trataba de averiguar la mejor manera de llevar el asunto. Al final, se dio por vencido y habló.


― Tú dirás.


― Paula me pidió que hablara contigo. Estoy cumpliendo esa parte del trato.


Pedro suspiró.


― Mira, creo entender tu posición respecto a todo esto. Paula, bueno, me explicó como estuvieron las cosas ― volvió a respirar. ― Yo tuve la culpa de todo. Mi orgullo, mis excesos, mis errores, mi honor, todo eso fue lo que me metió en problemas hace cuatro años. Pero ahora que Paula regresó no estoy dispuesto a dejarla ir.


Elias cerró con fuerza una mano.


― ¿Así que tú estás aceptando que ella se quede en California?


― Ese no es el punto. Así esté ella en la Antártida, la seguiré. No dejaré que se me escape dos veces. La primera vez que la dejé ir fui un tonto. Una segunda vez me hará un idiota.


― Paula no es cualquier chica. Ella tiene un futuro prominente en España. Si se viniese a California sólo lograría retroceder en su camino hacia el reconocimiento mundial.


Pedro estaba al tanto de eso. Era lo que había estado pensado minutos antes de que aquel monigote entrase en su oficina. Y aunque le podía decir que él no quería que ella se quedase en California, por las mismas razones que él le exponía, se sentía inclinado en rebelarse contra él.


― Estoy seguro de independiente de dónde esté ella, podrá seguir adelante en ese camino.


― El mundo de personas como nosotros es muy pequeño ― susurró Elias con la mirada perdida en algún lado de la mesa enfrente de él ―, y desgraciadamente hay mucho de cierto en el viejo dicho de pueblo chico, infierno grande.


Pedro sintió que había algo más escondido en las palabras de Elias.


― No te entiendo.


Elias alzó la mirada hacia Pedro, y él pudo ver algo que lo dejó sin palabras: una tristeza absoluta.


― Paula me habló acerca de tu accidente.


― Fue hace un par de años ― dijo Pedro asintiendo ―. Tengo el tendón de la pierna derecha frágil. Puedo caminar, pero no puedo jugar.


― Tuviste que dejar tu carrera por eso, ¿no es así?


― ¿Qué tiene que ver esto con Paula?


― ¿Tienes una cicatriz de ello?


El interrogatorio estaba poniendo cada vez más incómodo a Pedro. Su sexto sentido le decía que tenía que cambiar de tema, pues nada bueno iba a salir de aquello.


― ¿Acaso eres médico? ― preguntó con mordacidad, pero al ver una actitud insondable en el rostro de Elias, decidió contestar ―. Sí, tengo una enorme cicatriz que me recuerda lo estúpido que fui, y que jamás volveré a regresar a ser el mismo en el campo de juego.


Elias sólo asintió.


― Y si no hubiera sido por el accidente, ¿habrías renunciado?


― ¿Qué tiene…?


― Contéstame… por favor.


― No lo… ― ¿a quién quería engañar?, pensó Pedro. Sabía mejor que nadie la respuesta a eso ― No, no lo habría dejado.


Elias se levantó de su asiento, y caminó hacia la ventana que tenía su derecha. Caminaba erguido, pero cansado. 


Observó la suave marea de la había, lenta y fría y pensó en Pau. Luego miró su propio rostro en el reflejo del vidrio que tenía frente a sí.


― Si Pau se queda, tú serás su cicatriz. Te ama, y eso la ciega ― se dio la vuelta y lo miró a los ojos ―. Pero un día te mirará y le recordarás todo lo que dejó por ti. Si Paula se queda aquí lo hará sólo porque te quiere, pero tú sabrás que ella no es feliz por completo. Porque para Pau hay algo más que amor hacia ti. Está el amor por lo que hace. Si Pau se queda, tú serás la cicatriz en su vida. Quizás nunca te lo eche en cara, pero sabrás que ella habrá renunciado a todo, a todo por tu culpa, ¿quieres eso? Ella ya hizo ese sacrificio una vez y casi la perdemos.


En tres zancadas Pedro llegó hasta Elias y lo tomó de la solapa de su abrigo. Eran casi de la misma altura, aunque Pedro era mucho más corpulento, pero a Elias aquello no pareció intimidarlo.


Por el contrario, su rostro parecía carente de toda emoción.


― ¡¿De qué rayos estás hablando?!


Elias abrió la boca, pero fue interrumpido por el sonido de la puerta llamando. No esperó respuesta y la puerta se abrió


― Pedro, Paula te llama por teléfono… ― la voz de Jesy se cortó al ver la escena. Ninguno se movió de su lugar mientras eran inspeccionados por la oscura mirada de la mujer ―. Dice que urgente.


― Dile que me comunico con ella luego ― habló Pedro, sin soltar a Elias, sin cambiar la mirada asesina de su rostro. La misma de la que Jesy era testigo.


― Pedro


― ¡Luego, Jesy!


Jesy se quedó admirando el panorama unos segundos, sabiendo que no podía hacer nada. Ni siquiera su esposo. 


Supo entonces que la única persona que podía saber que estaba pasando y arreglar algo de eso, era la misma que tenía al teléfono. Dio media vuelta y cerró con fuerza la puerta, bajando las escaleras de dos en dos.


Los hombres ni se inmutaron de la salida de Jesy. Ambos sólo tenían atención el uno para el otro.


― Una vez más ― el tono de voz de Pedro rayaba en la tensión. Su mandíbula estaba tensa, como todo su cuerpo ―, ¿de qué rayos estás hablando? ¿A qué te refieres con que ella ya hizo ese sacrificio?


Las manos de Elias se izaron lentamente hasta llegar a las de Pedro y sin ningún esfuerzo, las tomó entre las suyas y lo hizo que lo soltase.


― En realidad no es algo que me corresponda decir a mí, pero Paula no me dejó ninguna alternativa ― metió la mano dentro del saco y sacó la vieja libreta gastada en cuero. La acarició con ambas manos, pensando en lo que iba a hacer, en lo que quizás perdería, pero con la firme idea de que el futuro de Paula no se podía definir hasta que todas las cartas estuviesen sobre la mesa. Le tendió la libreta a un confuso Pedro ―. Antes de tomar cualquier decisión, creo que debes leer esto.


― ¿Qué es? ― algo dentro de él gritaba porque no lo leyera, porque lo tirase al piso, que lo devolviese… pero se vio a si mismo tomándolo entre sus manos con demasiada fragilidad, como si se tratase de un fino vidrio que se pudiera romper con el soplo del viento.


― La verdad ― dijo mientras se daba la vuelta y caminaba hacia la puerta. Tomó el picaporte pero se detuvo y se volvió sobre su hombro ―. Quizás esto te ayude a entender porque la deberías dejar ir.


Pedro sólo lo observó marcharse en el más rotundo silencio. 


No se movió, sólo se quedó mirando la puerta y el vacío que Elias había dejado. Sus manos empezaron a cosquillearle,
comenzando desde la punta de los dedos hasta la palma y subiendo hasta los hombros. Miró el cuaderno gastado y las hojas un poco amarillentas. En la primera hoja había rayones y renglones trazados, entre ellos, el nombre de Paula se alcanzaba a apreciar. Era la letra de Pau. Miró hacia la puerta, donde no había nadie, y deseó poder ir en busca de Elias, pero la curiosidad era demasiado. Deseaba saber cuál era el misterio que esas hojas encerraban.


Pasó a la siguiente hoja y comenzó a leer.
21 de febrero
Hasta ahora me había negado a escribir en estas hojas porque me sentía obligada:
Doc., Elias, Tamara… todos tratando de hacer algo conmigo. Hoy pude escaparme y obtener
un poco de tranquilidad. El destino quiso que tú estuvieras dentro de mi bolso, y aquí
estoy escuchando por fin, una voz que pensé se había perdido dentro mí: yo.
Las personas solemos olvidar demasiado… demasiadas cosas, demasiado rápido,
demasiado todo. Pero si prestásemos atención recordaríamos que no hay dolor más intenso
que el que se lleva por dentro, ni hay peor sufrimiento que el de haber vivido un amor
trágico. Me ha tocado vivir ambas cosas, y ahora que sólo hay dolor y pena en mi corazón,
me pregunto, ¿vale la pena seguir viviendo? Sólo puedo escribir que me siento
avergonzada de haber llegado a pensar que no valía la pena, sobre todo cuando me enteré
de que no estaba embarazada.



Pedro se dejó caer en el sillón, prosiguiendo con la lectura y con la certeza de que su corazón sangraría cuando terminase de leerlo.