Natalia Trujillo
sábado, 17 de diciembre de 2016
CAPITULO 48
― Odio la Navidad.
Pedro esbozó una ligera sonrisa y miró de reojo a Pablo, parado a un costado suyo. Si su mejor amigo hubiese dicho algo así en cualquier otro momento, estaba seguro que le habría tomado el pelo, y seguro, le habría dado algún comentario sarcástico. Pero aquel día no podía negarle que al parecer, tenía una verdadera razón para odiarla.
Pablo Chaves estaba atestado —no había otras palabras para describirlo— de bolsas de compras navideñas bañadas en colores chillones y llenas de lazos. Él se habría ofrecido a ayudarlo, pero honestamente, era más divertido ver a su amigo de metro ochenta tratar de pasar desapercibido. Pedro miró a otro lado, tratando de borrar aquella sonrisa picarona que se asomaba en sus labios, porque seguro Pablo se la borraba de otra manera, e indiscutiblemente, sería muy dolorosa… aunque pensándolo bien, Paula siempre le decía que era un hombre temerario.
― Parece que alguien está a punto de convertirse en el Grinch.
Pablo giró su cabeza con fuerza hacia donde Pedro y se oyó como las vértebras de su cuello protestaron por el movimiento.
― Cuando tengas tres hijos y una esposa-compradora-compulsiva sabrás de lo que hablo. No sólo te deja sin dinero sino que además acabas con un complejo de inferioridad asegurado.
—Oye, a mí me gusta ir de compras
—Sí, y a veces me pregunto si eso es normal — dijo Pablo acompañando la frase con una mirada de incredulidad a su amigo —. Por lo menos es anti-masculino.
—Lo que yo creo es que los Chaves tiene un gen anti-comprador. La única normal de la familia es Paloma.
Pablo agitó su cabeza, en desacuerdo.
— Es anormal.
— Es tu hermana.
— Eso no quita que sea anormal. Dejémoslo en que es la rara de la familia.
Pedro sonrió y se rascó entonces la barbilla.
— Y que querías decir con eso del complejo. Ir de compras y comprar no me ha supuesto ningún problema en todos estos años.
Un sonoro bufido salió de la garganta de Pablo.
― ¿En serio?
― Claro.
Dándose la vuelta noventa grados a su derecha, Pablo quedó frente a Pedro, quien imitó su gesto.
— Eso es porque no manejas la psicología detrás de salir de compras — dijo mientras alzaba las bolsas que atiborraban sus manos—. Y sobre todo las compras navideñas. No es sólo que te deja sin dinero. No amigo, eso es sólo la primera cosa de la lista. Si es muy pequeño es que piensas que la otra persona no significa nada. Si es muy grande pensará que eres un derrochador. Si es muy femenino pensará que eres un marica. Si es muy oscuro o práctico pensará que eres o un machista o un tacaño. En fin, nadie está contento, y eso es… irritante.
Pedro se quedó unos segundos sin saber qué hacer. Jamás había escuchado algo tan ridículo, pero al parecer Pablo en verdad lo creía así. Se acercó a él, y le dio unas palmaditas en la espalda.
― Amigo, eres un gran pensador.
― Once años casado y ves las cosas desde toda una nueva perspectiva.
― Gracias por compartir esa perla de sabiduría, Pablito.
― Cuando gustes.
Volvieron su atención a las mujeres. Paula parecía estar a punto de entrar en las estadísticas de mujer al borde de una crisis.
— Pobre, después de esto, estoy seguro que Paula no volverá a estar sola con Ale. Mucho menos hablar de compras delante de ella.
La mirada de Paula tenía una mezcla de horror y cansancio con algo de ironía pintada en su reflejo. Asentía a lo que fuera que Ale le estuviera diciendo acerca de la estatuilla de porcelana que tenía en las manos, pero era obvio que no sabía acerca de qué estaba hablando. Era casi seguro que Paula estaba teniendo una de las conversaciones más difíciles de su vida.
—Me gustaría decir que no, pero la verdad, por la cara que tiene la pobre, estoy de acuerdo contigo.
— Yo me sigo preguntando de donde habrá sacado dinero Ale para todo esto — dijo mientras alzaba las bolsas, llamando la atención de los demás compradores —. Espero que mi crédito soporte.
— O sea que si oigo de algún banco asaltado tendré la certeza que fuiste tú.
— Creo que así será. A este paso Ale y yo seremos los nuevos Dick y Jane de San Francisco.
Ambos se echaron a reír, y miraron a sus mujeres. Ale llevaba una falda larga color arena, un suéter negro de angora, una bufanda de multicolores y una gabardina gris oscura. Pau, por su parte llevaba unos vaqueros gastados, una blusa de algodón blanco y una de las sudaderas de
Pedro, y sus gafas de montura gruesa que le resultaban tremendamente sexys en ella. Paula sintió el escrutinio de las miradas masculinas y los miró, pero solo por unos segundos. Su mirada viajó de su hermano a su amante, pero la desvió rápidamente y volvió su atención a su cuñada.
Pedro sabía que algo estaba molestado a Paula, pero no sabía que rayos era. Desde hacía varios días llevaba comportándose un poco distante, y prácticamente lo había evitado excusándose con el trabajo. Pedro era paciente, pero su paciencia era finita.
Por fin ambas mujeres caminaron hacia ellos. Una irradiando felicidad, y la otra, bueno, irradiando algo. Paula soltó un suspiro largo y tendido, mientras dejaba caer los hombros, como si la bolsa que llevase en las manos fuera un saco de cemento y no una bolsita de apenas treinta centímetros.
— Estoy muerta — murmuró mientras Pedro le rodeaba por la cintura.
— ¿Hemos acabado ya? —preguntó Pablo con el ceño fruncido a su esposa, quien sólo se limitaba a sonreír de oreja a oreja.
— Tú que dices Pau, ¿hay algo que te haga falta?
— ¡No! — chilló Paula, horrorizada sólo de la idea de entrar en otra tienda más. — Estoy muerta. Finito. Con el pie en la tumba.
—Vale, vale, ya captamos — dijo Ale entre risas y miró después a su marido —. En ese caso, creo que es hora de irnos, cariño.
La mirada de ambos Chaves brilló, ahora sí, de felicidad. Libertad. Pedro y Ale se dieron cuenta y sus carcajadas llamaron la atención de los demás clientes. La mano de Pedro subía y bajaba por la espalda de Pau, y a pesar de las capas de tela que la envolvían, Paula casi podía sentir la piel de Pedro tocar la suya. Extrañaba sus manos sobre su cuerpo, pero se había impuesto un tiempo de celibato para que sus hormonas no gobernaran su cerebro, aunque bien sabía Dios lo duro que le estaba resultando. Sólo tenía que tocarla para que la explosión de aquel producto glandular se elevara hasta el Everest.
— Creo que sería mejor si nosotros nos fuéramos en un taxi — dijo Pedro de pronto—, así no tendrían que rodear la ciudad y perder más de una hora en el tráfico. Tienen que regresar a la casa a las siete para la cena.
— ¿Seguros? — Ale no se mostraba muy convencida, pero su esposo no opinaba lo mismo.
— Cariño, ellos están seguros, déjalos en paz — se acercó a Paula y como pudo, acomodó las bolsas para poder despedirse de su hermana con un beso en la mejilla y una leve inclinación hacia Pedro con la cabeza —. Bueno, fue un no placer, y ahora con su permiso, tengo que ir a llorar mi cuenta bancaria, que ha muerto este día.
Pablo ya estaba alejándose de ellos cuando Ale lo llamó.
— Cariño, ¿a dónde vas?
— Pues al auto, ¿a dónde si no?
— Sí, pero y ¿a dónde llevas esas bolsas?
— ¿Al coche? — el tono de voz con el que le contestó solo sirvió para que su esposa alzara una ceja.
— Pablo, a veces me pregunto por qué me casé contigo — estiró la mano y señaló las bolsas
—. Esas compras son de Paula.
— ¡¿Todas?! ― trató de no gritar.
Perdió.
— Así es. ¿Qué no te acuerdas que nosotros ya hicimos nuestras compras desde hace un mes?
Los labios de Pablo se empinaron y formaron un puchero digno de ver. Si sus manos hubiesen estado libres, se habría rascado el mentón. En su lugar, subió y bajó las bolsas.
— Bueno, sí, pero tú saliste con las bolsas. Siempre salías con ellas.
— Eso era porque Paula se quedaba pagando tonto. Y además, fuiste tú quien me quitaba las bolsas en cuanto salía. Yo no te dije “Pablito, toma”.
— ¿Quieres decir que toda la tarde he estado cargando bolsas que no son de nosotros? — preguntó alzando la voz a cada sílaba.
— Sí, creo que básicamente eso te acabo de decir — contestó Ale empleado el mismo tono que su marido había usado anteriormente.
Irguiéndose en toda su altura, Pablo regresó a ellos en dos zancadas, caminando directamente hacia Pedro. Le tendió las bolsas, las cuales apenas pudo maniobrar.
— Toma. Y ni se te ocurra reírte.
La amenaza no sirvió. El trío rompió a carcajadas, y a Pablo no le quedó más remedio que unírseles. Se despidieron a los pocos minutos, sabiendo que se verían unas cuantas horas más tarde, en la cena en casa de los padres de Paula.
Pedro y Pau seguían riendo cuando tomaron el taxi y se dirigieron a casa de ella. Luego de que la risa fue desvaneciéndose, Pedro observó a Paula discretamente, tratando de descifrar sus pensamientos. La montaña de bolsas asentada entre ellos servía como escudo para observarla discretamente. Sus fosas nasales estaban infladas ligeramente, no como un toro enojado, sino más
bien, al estilo de Paula, señal que estaba concentrada en sus pensamientos. Su ceño tenía tenues arrugas que luego se convertían en frunces como dunas en el desierto. Aquello era señal que estaba en una discusión interior. Paula siempre había sido alguien fácil de leer, aun desde niña, y esas últimas semanas había aprendido casi todo sobre ella.
Casi. Porque en ese momento, no sabía que leer de su rostro. Veía un torbellino de rostros, señas, guiños, que se mareaba tratando descifrar lo que por esa cabecita pasaba.
Entraron en el auto y estuvieron en silencio unos segundos, pero Pedro no pudo aguantar más tiempo. Cuando cruzaron la Avenida Washington su paciencia se acabó.
— Pau.
La llamó dos veces hasta que por fin lo miró.
— Perdón, ¿decías algo?
— ¿Estás bien? Estás un poco distraída.
Las mejillas de Paula se tiñeron de un rosado suave, y bajó la mirada un poco avergonzada.
—Lo siento. Estaba pensando.
— De eso ya me di cuenta ― Pedro desvió la mirada hacia la carretera por unos segundos y luego volvió su atención hacia ella —. Haz estado evitándome esto últimos días.
― Claro que no — declaró Paula con voz indignada, pero mentía fatal.
― Pau.
― Bueno, sólo un poquito. He estado pensando en varias cosas y bueno, cuando estamos… tú y yo… juntos, no puedo pensar en ellas.
― ¿Buenas o malas? Porque la terapia que me acaba de dar Pablo fue muy escabrosa. La psicología de las compras no es lo mío.
Pedro logró su tarea y vio como los labios carnosos de Pau se curvaban y sonreían. Se acercó a él y le dio un beso delicado en los labios.
― Eres un tonto, Pedro Alfonso.
― Pero soy tu tonto ― sentenció. Ella sonrió y se separó nuevamente, volviendo la mirada hacia el exterior. A Pedro no le estaba gustado aquello, así que como pudo, entre las bolsas, extendió su brazo derecho y tomó a Paula de la barbilla — ¿Qué pasa Pau? — Tragó saliva y decidió preguntarlo de una vez por todas — ¿Esto…? ¿Éste día te trae malos recuerdos?
A pesar que su cabeza estaba alzada y alineada hacia la de él, Paula bajó la mirada. Así que eso era, pensó Pedro.
Bueno, ya eran dos. Él llevaba pensando en ello desde hacía días también.
Paula volvió a mirarlo y tomó su mano entre las suyas, acariciando sus nudillos entre sus dedos.
― Es raro. No quiero decir que… — sus manos bailaban por los aires —, bueno, ya sabes, que tú… y que yo… es raro.
― Un poco, sí.
― ¿Un poco? —Paula se dejó caer en el asiento —. A mí me parece demasiado. Parece toda una vida atrás.
― ¿Quieres hablar de ello?
La maraña de tirabuzones castaños se agitó de un lado a otro. Le dio una dulce sonrisa y se concentró en aquellos grisáceos.
― Hablaremos después de la cena ― volvió a colocarse los lentes en su lugar ―. No creo que se enojen si nos vamos a celebrar a casa de Eric y Jesica.
― ¿Vamos a ir a casa de Eric y Jesy? — preguntó Pedro repasando su agenda mental.
Paula se soltó a reír.
― Ellos creerán que vamos a ir a casa de Eric y Jesy — la mirada de Paula cambió y emitió un destello de lujuria —. Santa Claus me dejó tu regalo y como has sido un niño muy bueno, te lo daremos adelantado.
― Oh sí, nena. ― murmuró contra sus labios, tratando de controlar la ola de lujuria que azotaba su entrepierna.
Llegaron a la casa, y Paula pagó mientras que Pedro sacaba las bolsas de compras. La acompañó hasta la entrada de su casa pero dejó caer las bolsas en el piso de su porche y la detuvo cuando iba a tocar la puerta.
— Pau, me prometes que hablaremos esta noche sobre lo que sea que te tiene preocupada.
En vez de responderle, Paula se alzó de puntillas y le dio un beso delicado.
— Lo prometo. Ahora ayúdame a meter estas cosas a la casa antes que las vean
CAPITULO 47
La alarma del buzón de entrada de su correo electrónico le informó a Elias que tenía un nuevo mensaje. Observó el correo por varios segundos, dudando entre leerlo o eliminarlo, como lo había hecho con los anteriores. Pero por alguna extraña razón sentía la necesidad de leer las líneas.
Odiaba aplicarle la ley de hielo a Paula pero alguien tenía que hacerla entrar en razón. Miró hacia el calendario, faltaban poco más de dos semanas para que por fin Paula regresara a casa.
Para que regresara con él y con las personas que en verdad la querían. Miró después hacia la ventana de su oficina. El sol estaba ya buscando su punto máximo en el horizonte y se empezaba a sentir la fría brisa de la mañana.
Luego de un suspiro, volvió la mirada a la pantalla de la computadora y le abrió el mensaje de Paula.
Querido Elias
No sabes cuanta falta me haces en estos momentos. Eres la única persona con la que puedo hablar de todo, porque me conoces a fondo. Sé que odias que te diga que eres mi MAG, pero es que me entiendes tan bien, que a veces dudo que seas en verdad heterosexual… ¡Tranquilo! Es sólo de broma. Aun me duele el pellizco que me diste de la última vez que me aclaraste este punto.
¿Qué cómo van las cosas por aquí? Pues han pasado muchas cosas. Mi familia está bien, y mi madre, bueno, creo que tiene mejor salud que en muchos años, adoro a mis sobrinos como no tienes idea, y he vuelto a ver la vida en familia con otros ojos. Sin embargo, yo estoy hecho un lío. Necesito platicar contigo, ¿Por qué me lo pones tan difícil? No te puedo localizar por ningún lado, eres peor que el Secretario de Ciencia que huye de mi cuando se vence algún financiamiento de proyecto y voy por más.
Ya te dije que las cosas con Pedro van bien. Él ha cambiado, Elias, e igual yo. El destino nos jugó una mala treta pero está en mis manos el poder cambiar el final de esta historia. Necesito tu consejo viejo amigo, así como también le des la oportunidad a Pedro. Porque creo Elias, que si sigo los dictámenes de mi corazón, no nos veremos en persona en mucho tiempo
Así que por favor, contéstame. Una señal de humo, algo, lo que sea. Tú sabes cuánto aprecio tu opinión. Eres mi persona, lo recuerdas. La misma que ha estado en todo, lo bueno y lo malo, la salud y la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, joder, si hasta parecemos marido y mujer. Yo estoy riendo, pero ¿y tú Elias? Si tan sólo lo conocieras, verías lo que yo veo.
El hombre que siempre he amado.
Atentamente.
Tu siempre amiga que a veces quiere torcerte el cuello,Paula Chaves.
PD: Salúdame a Tamara y a Carla. No las he olvidado, y tendrán espacio en mi siguiente correo
Elias se quedó estático por unos segundos. Volvió a leer la carta esperando a ver alucinado. ¿Pero que tenía esa mujer en la cabeza? ¿Acaso es auto suicida? Cuando la terminó de leer por tercera vez, sus manos estaban blancas de la fuerza con las que apretaba los puños. Paula había perdido
la razón. No había otra excusa para lo que estaba pasando.
Y maldición, él le haría recuperar la cordura, así fuera trayéndosela a rastras.
viernes, 16 de diciembre de 2016
CAPITULO 46
― Nos vemos en la cena Pau.
Paula bajó del auto y se colocó en la puerta de copiloto, sonriendo a Patricio y Cristina.
Habían pasado las últimas dos horas sin parar de reír, no sólo en la pista de hielo, sino en el restaurante, donde Jesy los había consentido a todos y cada uno de ellos, en especial a Patricio, llevándole sólo a él, un pedazo de pastel de nata y fresas frescas. A Cristina pareció divertirle mientras que Pedro y Eric se pasaron el resto de la noche tomándole el pelo. Claro que Patricio se vengaba recordándole a Paula que él no era el que tendría un moretón de tamaño de Chicago en su trasero al día siguiente. Y era cierto. No sólo tendría un moretón, sino que le habían vendado la mano derecha y le habían dado un par de analgésicos en el puesto de primeros auxilios. A pesar de
sus protestas, Pedro le había dado de comer como a un bebita. Ale, quien parecía vivir en un mundo de ensueño, sólo canturreaba una y otra vez lo romántico que era.
Minutos después de las diez de la noche el éxtasis de los niños empezó a decaer y mostraron signos de cansancio, así que decidieron que era hora de dejarlos a sus respectivas casas. Pedro había llevado primero a la bella durmiente de Alejandra a la camioneta de Cristina, luego a una somnolienta Cata que quería aparentar una resistencia de la que carecía. A Patricio le había tocado transportar a se-ve-ligero-pero-pesa-una-tonelada-Charlie y había provocado risas entre los presentes cuando había murmurado que estaría convaleciente por meses luego de cargar a su pequeño sobrino.
Pedro se había quedado en el restaurante. En medio de los paseos con su novia, como Eric lo había hecho saber a medio mundo, se le había olvidado que tenía una visita de inversionistas al día siguiente. Pedro les soltó el secreto que estaba a punto de abrir dos sucursales un poco más pequeñas, pero con la misma calidad de servicio y comida de su taberna en el norte y suroeste de la ciudad. Y mañana y los próximos días estaría un poco ocupado, eso último lo dijo Eric mirando únicamente a la novia en cuestión.
Paula intervino diciendo que pasaba menos tiempo en su
trabajo por su culpa, así que luego de una pequeña discusión, se despidieron con un beso de envidia, que si Ale hubiese estado despierta, todos estaban seguros que habría dado un gran suspiro y luego habría dicho algo como:
― Es tannnnn romántico.
La mano vendada había sido también noticia. Ya fuera alguno de sus hermanos o cuñados quienes fueran a recoger a sus tiernos retoños, parecían tener un radar de “busquemos las siete diferencias que tiene Paula ahora con la Paula antes de ir a la pista de hielo” y ¡bingo!… veían
ese pedazo de tela blanca adornando su muñeca a lo que ella sólo alzaba la mano y respondía con un tajante:
― No preguntes.
Luego de casi una cuarenta y cinco minutos de viaje, repartiendo niños por toda la ciudad, al fin Patricio y su “amiga” la pasaban a dejar a la puerta de su casa.
Extendió la mano derecha por inercia, para despedirse de Cris, pero luego la cambio por la izquierda y recibió un gran apretón de manos de la que tenía el presentimiento sería su futura cuñada.
― Hasta luego. Y mucho gusto Cris.
La rubia le dio una amplia sonrisa, por cortesía y afecta.
― Igualmente Pau. Y espero poder escuchar todas esas historias que tienes pendiente acerca de este chico ― agregó cabeceando hacia Patricio ―. Veremos si me conviene después de todo. Eso de no saber que su segundo nombre era Hércules me deja muy dudosa al respecto.
Paula abrió la boca en una gran O, y luego ambas mujeres se echaron a reír, compartiendo una complicidad femenina.
― Será un placer.
― Sí, sí, adiós Cleopatra ― despidió Patricio a su hermana con prontitud provocando más risas femeninas. Luego, Paula se quedó parada afuera de su casa, observándolos desaparecer en el horizonte. La chica le había caído bien después de todo.
Una ráfaga de viento helado le llegó de algún lado y su cuerpo se estremeció. Caminó hacia la casa, y entonces se dio cuenta que no había sacado llave de la casa. Podía tocar la puerta pero no veía luces prendidas, así que seguramente sus padres ya estarían descansando. Decidió dar la vuelta a la casa, y probar suerte con la puerta trasera. Vivían en un barrio seguro y si la puerta tenía seguro, de esa sí sabía dónde estaba la copia de seguridad. Rodeó la casa y caminó
disfrutando del silencio hasta que el olor a cigarro impregnó sus fosas. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa y se encontró a su padre sentado en las escalinatas.
― Papá, ¿qué haces aquí solo? ¿Dónde está mamá?
Pascual empezó a toser del susto que le había dado Paula y ella corrió a ayudarlo, dándole pequeños golpes en la espalda. Su respiración era agitada y en el alboroto había soltado el cigarrillo, del cual solo se podía ver la colilla brillar y empezar a apagarse. Con la mano en el pecho Pascual miró a Paula.
― Pau, no le des estos sustos a tu padre, por favor.
Ella le respondió con un ligero cabeceo y se sentó en las escalinatas, a su lado. Miró hacia la oscuridad interna de su hogar y después a su padre, con el ceño fruncido.
― ¿Dónde está mamá?
― Está durmiendo. Creo que le va a dar gripa o algo así. La mandé a dormir temprano.
Paula resopló y dejó salir una risa de incredulidad.
― Querrás decir que le habrás puesto algún somnífero en la bebida y entonces, se fue a dormir.
Su padre sonrió y la abrazó fuertemente.
― Ya sabes que no le gusta tomarse nada.
― No sé cómo sigue cayendo en la misma treta después de tantos años
― No cae. Simplemente es su forma de aceptar tomar un medicamento sin que se los tengamos que inyectar u obligarla a abrir la boca ― miró hacia la mano vendada de Pau y sonrió
―. Veo que hoy no te escapaste de tu mala suerte. ¿Debo preguntar?
Paula bajó la vista y exhaló, acariciando su mano.
― No, por favor. Sólo te puedo decir que parece ser que me sigue a todos lados. La mala suerte ― agregó para aclarar el punto.
― Ese es el mayor eufemismo que he escuchado en días ― dijo entre risas y luego miró hacia el camino por donde ella había aparecido ―. ¿Y ese milagro que no veo a Pedro pegado a tus ― miró su atuendo y se corrigió ― pantalones?
― Papá.
Pascual le dio un abrazo gentil mientras dejaba salir un largo y profundo suspiro, como si con ese suspiro estuviera recordando toda una vida.
― Es curioso, como se invierten los papeles. Hace años eras tú la que andaba detrás de él, y ahora, míralos ― la miró fijamente y le susurró contra las sienes ―. Lo tienes comiendo de la mano, querida.
Pau suspiró y cabeceó lentamente. Observó las luces encendidas en casa de los A. Seguro estarían cocinando o viendo televisión, Aun despiertos por el desajuste de horarios. Pensó en la hermosa vida hogareña que ellos tenían, la que sus padres tenían y… bajó la cabeza con la mirada triste.
― ¿Qué te pasa Pau?
Por unos instantes se había olvidado por completo que su padre se encontraba a su lado, con ella bajo el escrutinio de su mirada.
― ¿Por qué crees que me pasa algo?
― Cariño, a mi triste edad a este pobre viejo no se le escapa nada. Y menos contigo.
Aquello era verdad. A su padre no se le escapaba nada. Ni el más sutil murmullo o la más leve señal en lo que respectaba a ella. Siempre había sido un libro abierto para su padre, y al parecer, a pesar de los años ausentes, lo seguía siendo. Se encogió los hombros y suspiró.
― No lo sé, pá. Es…
Pascual asintió y esperó unos segundos, a ver si Paula agregaba algo más. Entonces él fue el que habló, dejando caer la idea en general.
― ¿Es sobre Pedro?
Algunas veces no se necesita un título en ciencias para saber que la mujer que estaba frente a sí, estaba en un dilema. Le dio un suave beso en la coronilla y le frotó la espalda, como cuando niña.
― Suéltalo Pau.
Ella lo miró y sintió su corazón estremecer. Con Pascual Chaves no se andaba uno por las ramas. Tomó la mano que le rodeaba su hombro y la colocó sobre su regazo, envolviéndola entre las de ellas.
― Vine a casa por un permiso de vacaciones. Un permiso que dentro de dieciocho días y ― miró el reloj de pulsera de su padre y agregó con cierto dramatismo en su voz ―… dieciocho horas expirará y tendré que regresar a mi otra vida. Una vida lejos de aquí. El tiempo se me está agotando y no sólo con lo referente a las vacaciones ― cerró los ojos y se tranquilizó ―. Sé que tú me dijiste que la vida no es más que papeles y trabajo, y durante la última semana no he dejado de pensar en ello. Pero abandonar lo que siempre he soñado, mi trabajo por… ― suspiro mortalmente abatida. No lo dijo, pero sabía que su padre entendería las palabras faltantes. Abandonar por Pedro. Sentía que algo apretaba su pecho y la dejaba con una sensación de vértigo en la piel, más allá de las palabras. Lo miró y le hizo la pregunta que llevaba haciéndose a sí misma por varios días ― ¿Qué debo hacer papá? No quiero ser la chica que se mudó a Omaha por un chico y terminó con sus sueños.
Pascual sonrió. Sólo Paula podía encontrar una metáfora en la película que habían visto días atrás. Pero entendía el punto. O al menos eso creía.
― Mira cariño, no sé qué decirte. Siento que esas son cosas de mujeres y que deberías de hablarlo con tu madre ― oyó el gemido de Pau y agregó ―. Sin embargo, lo que yo te puedo decir es que al final es tu decisión. Yo no puedo tomarla por ti cariño. Nadie puede, ni siquiera Pedro. Pueden platicarlo, ya sabes, tú y Pedro, y dile exactamente lo mismo que me dijiste a mí. Si te ama, te entenderá y llegarán a algún acuerdo. A mí, y estoy seguro que a tu madre también, nos daría un enorme gusto que te quedaras en San Francisco, pero entiendo lo que dices. Tú madre siempre ha dicho que los hijos han nacido para volar. Tú ya volaste hace mucho cariño ― ella bajó la mirada y esbozó una leve sonrisa. Sí, había volado hacía mucho, y no quería que ese viaje llegara a su fin por al menos unas tres décadas más. Pascual siguió hablando ―. Quizás te estás ahogando en
un vaso de agua ― la tomó de la barbilla, y se la acarició lentamente ―. Quizás tú ya sabes la respuesta, pero Aun no te has dado cuenta.
Paula estaba sin aliento. Las palabras de su padre retumbaban en sus oídos. Quizás tenía razón y se estaba ahogando en un vaso de agua. Tomó su mano suavemente y le dio un apretón que decía más que mil palabras.
― Pá, ¿te he dicho que eres un hombre sabio?
Pascual soltó un bufido y le dio un beso en la frente.
― No, pero me gusta oírlo. Y más viniendo de una científica loca como tú.
Ambos se echaron a reír, pero se callaron al segundo, al oír que los perros del vecindario armaban tanto alboroto por sus risas. Entraron a la casa minutos después, sin volver a tocar el tema de Pedro y el reloj biológico. Pascual sólo le dio un beso de buenas noches y se despidió.
Ya en su habitación, cambiada y luciendo una cómoda camisa de franela y unos pantalones de la misma textura, Paula se tumbó en su cama, esperando a que el sueño se adueñase de ella.
Se dejó caer sobre su espalda y miró al techo. Recordó la plática con su padre y concluyó, como excelente investigadora que era, que sólo tenía dos opciones y para su dolor de cabeza, quería ambas. En realidad, era egoísta, quería todo sin dar nada a cambio, cuando sabía muy bien que todo en esa vida tenía un costo.
Podía quedarse en San Francisco, con Pedro, buscar un trabajo en alguna preparatoria o universidad de los alrededores, cerca de su familia, y bueno, sin su hermoso telescopio óptico de diez metros y con Pedro. Ese era el punto, ¿no? Además, estaba a punto de iniciar una nueva faceta en su carrera comercial. No podía simplemente decirle “Cariño, nos vamos a España”, y que lo dejase todo por ella. ¿O sí? Se enderezó de golpe y se quedó sentada, apretando entre sus manos la sábana de poliéster amarilla.
¿A quién quería engañar? Ella no podía vivir sin ese maldito telescopio. En realidad no era el telescopio. Era lo que representaba.
Empezó a caminar de un punto a otro en su habitación, cruzando sus brazos sobre su pecho.
En Puerto Rico había perdido muchas cosas, la confianza en ella fue una, y el amor por su trabajo otra. Lo que le había dicho a Pedro era sólo una mínima parte muy resumida y maquillada de lo que en verdad había pasado. Había omitido al psicólogo, la cirugía, y el hecho que había perdido su trabajo y las ganas de vivir. Recuperar todo eso le había tomado tiempo, y además, no quería que Pedro cargase con ello. Sus brazos se aferraron a su cuerpo con fuerza, calmando los pequeños temblores que recorrieron su espina.
Ambos habían superado sus asuntos del pasado. Ninguno era el joven, metafóricamente hablando, que había sido cuatro años atrás.
Pero eso entraba en contradicción. Si ella no era la muchacha de cuatro años atrás, eso quería decir que no dejaría su trabajo así como así. Primero tenía que estar completamente segura de las cosas. Si las cosas no salían bien con Pedro, al menos querría estar segura que tendría un lugar al cual ir y lamerse las heridas. Se detuvo de golpe y miró su reflejo en el espejo.
¿Si las cosas no salían bien? ¿En verdad estaba pensando eso?
Bajó la mirada hacia el piso y aunque miraba sus pies envueltos en calcetas de color gris con adornos rosas, en realidad veía el rostro de Pedro. Sí, lo estaba pensando. Y lo peor es que sabía el porqué de su dubitación.
Él no le había dicho que la amaba.
Sí, le hacía el amor con ternura y pasión. Sí, la trataba como toda mujer sueña ser tratada, y sí, la miraba como si ella fuera el sol de su día y la luna de sus noches, pero esas palabras, esas tres malditas sílabas no escapaban de los labios de Pedro. Aunque si estaba haciendo un análisis, ella
tampoco las había dicho. Pero ella tenía una razón muy importante.
Cuatro años atrás, las había dicho a la primera ocasión, y había obtenido una patada en el trasero, un dolor de cabeza, una casi muerte espiritual y física, un desempleo y la lista seguía y seguía. Esta vez, quería estar segura.
Se volvió a dejar caer en la cama.
Todo esto era tan complicado. Y parte de “esto” era que no tenía con quien hablarlo. Se volvió a levantar y corrió hacia su bolso y conectó la computadora. Esperó a que cargase y cada segundo le pareció eterno. Su pie derecho era una representación solista de un baile de tap.
Cuando por fin cargó y se conectó con su dispositivo a la red, abrió su correo y empezó a escribir.
Una hora después, el dedo índice derecho apretaba el botón de “Enviar” al correo. Cuando vio la respuesta del servidor, tuvo el loco deseo de meter las manos en la red y recobrar ese correo.
Pero lo hecho, hecho estaba.
Cansada, y con la espalda tiesa, Paula se tiró en la cama, por fin, a descansar.
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