Natalia Trujillo

domingo, 11 de diciembre de 2016

CAPITULO 28






Paula y Paloma estaban tratando de contener la que podría ser la Tercera Guerra Mundial dentro de la cocina, mandando miradas amenazantes a sus hermanos quienes estaban rojos, aguantando las ganas de soltar sonoras carcajadas. Paula se acercó a ambos varones y se colocó
entre ellos, tomándolos de las mangas de los sacos y con la mirada al frente les habló en susurros:
― Si alguno de ustedes le llega a decir a papá que huele a jazmines y rosas, juro que no me haré responsable de evitar sus muertes.


Un soplido salió de la boca de Patricio que después se convirtió en una risilla. Sus ojos eran rejillas solamente, achicados por sus mejillas, que se contraían contra sus párpados en un acto de sobrevivir a las ganas de reír.


― Vamos Pau, es sólo aquí entre nosotros. No es como si le diremos a papá que huele a bosque primaveral… ¿o es selva tropical?


Pablo soltó una carcajada, pero después la risa se convirtió en gemido cuando Paloma le pellizcó el hombro libre. Desde su arribo, casi sincronizado, los tres hermanos la habían
arrinconado y empezado a interrogar sobre el porqué su padre olía a un suave y aromático y muy… femenino perfume. Paloma miró a sus hermanos, y era claro que sus mentes tenían una misma teoría en la cabeza, pero no se atrevían a decirlo. Su madre olía a rosas. Su padre olía a
rosas. No había que ser un gran científico como su hermana Pau ni tener un doctorado en ciencias para saber la respuesta.


― Yo me uno a Paula. Si papá huele a flores es muy su problema.


― Es que huele… tan bien ― contestó Patricio, con un tono sarcástico y muy femenino, batiendo sus largas pestañas negras contra su rostro, como las caricaturas


Paula dejó caer la cabeza, cansada.


― Tu boca será tu muerte, Patricio.


― Sí, bueno, algunas mujeres dicen que es uno de mis mayores atractivos.


Ambas hermanas se taparon los oídos rápidamente, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.


― Juro por Dios que no sé cómo rayos somos hermanos ― comentó Paloma, lanzándole nuevamente una mirada amenazante, que tuvo el mismo efecto sobre ellos como las anteriores.


Nulo.


― Vamos a la mesa. De seguro todos se han de estar preguntando por dónde rayos nos hemos metido.


Pablo tomó la ensaladera, mientras que Patricio llevó la salsa de mostaza con especias y la fruta cortada que Alejandra había hecho. Regresaron a la mesa y colocaron todo cuidadosamente sobre la madera, mientras que de la sala llega el sonido de las voces mezcladas. Los gritos de los niños, sus risas, corriendo de un lado a otro, felices. Los adultos platicando y riendo. El ponche iba de un lado a otro, de vaso en vaso, vertiendo felicidad en cada sorbo.


― La cena está servida ― anunció Paula, la hostess de la noche.


Patricio y Pablo se fueron hacia donde Guillermo, y por las caras del grupo, Pau se pudo dar una idea acerca de lo que tenían rondando por sus cabezas. Ariana jugaba con el collar de Alejandra mientras que el pequeño Guille estaba pidiendo la atención de su madre.


― Penelope nos dijo que hiciste la cena ― dijo Alejandra, mientras lidiaba con las manitas movedizas de su hijo.


Penelope sonrió y abrazó de la cintura a su pequeña.


― Así es. Mi pequeña ya se puede casar.


― Mamá… ― inquirió un poco incómoda Paula, mirando a su madre, y luego a su padre, buscando un poco de ayuda, pero ignoró su mirada y tomó un poco de ponche. Suspiró al ver que de él no obtendría nada, y miró a su madre ―. Sabes que sí se cocinar. Que me guste cocinar es muy diferente ― miró a Paloma entonces ―. Tú sabes que cocino desde los trece años.


― Si, y para mi vergüenza, es mejor cocinera que yo ― la voz de Palomaa era una mezcla entre tristeza y envidia.


Alejandra no pudo evitar sonreír con las hermanas Chaves. Después miró a Paula y se arriesgó a preguntar.


― ¿Y no hay algún novio por ahí que tengas escondido?


Su cuñada sonrió débilmente y negó.


― No, creo que he quedado para vestir santos.


Penelope le dio una palmada en la pierna, haciendo gritar a Paula, pero su mirada estaba dirigida solo a las otras dos mujeres.


― Tonterías. Lo que pasa es que estas tan encerrada en sus cosas del trabajo que no le da la oportunidad de conocer gente nueva.


― Conozco gente nueva todos los días ― intervino Pau, un poco molesta por el cambio súbito de tema y el tono de voz de su madre.


― Sí, pero no les das la oportunidad que ellos te conozcan a ti — le dio una palmada en la mejillas y sonrió ―. Cariño, tienes treinta y tres años. La vida es corta. Y esta pobre vieja quiere abrazar a tus hijos antes de morir.


― Te has aguantado todo este tiempo, ¿verdad?


A pesar del tono, y el tema, Pau no podía enojarse con su madre. Era después de todo, su madre. La mujer que la conocía desde que estaba en pañales.


Los niños llegaron juntos, en manada, uno detrás del otro, dejándose caer en los pies de sus madres y abuela. Como siempre, Cata, la voz de la razón, habló primero.


― Tenemos hambre, abuela ― sus ojos brillaban con aquella mirada de “dame de comer ya” que todo niño ponía. 


Se rascó sin darse cuenta las mallas blancas que se adherían a sus piernas delgadas. Desde que habían llegado se había quejado que le daban picazón, pero como su madre le había dicho, combinaban con su traje de terciopelo verde, ya que resaltaban sus ojos cafés y sólo por eso se las dejaba. Después miró a su madre con una mirada de sabiduría ―. Sólo por hoy uso estas cosas. No te acostumbres.


Paula se soltó a carcajadas y alzó a Cata en brazos. Charlie se metió en los brazos de la abuela y la abrazó, sabiendo que así obtendría toda su atención.


― Sí, queremos comer, ya. Ahora. Rápido abue.


Alejandra alzó su muñeca, la nueva de la temporada y se la enseñó a Ale.


― La princesa Aurora también tiene hambre.


Incluso el pequeña Ariana se unió a las peticiones de los niños y empezó a chocar sus gorditas manos contra las piernas y brazos de su madre ― «Hambe bue», «hambe ma»…


― Estamos esperando al tío Pedro, pequeños.


Pascual se acercó y se sentó en la orilla del sofá, detrás de su esposa, a quien le pasó un brazo encima.


― Creo que Pedro nos perdonará si empezamos sin él.


Todos asintieron. Charlie entonces empezó a olisquear y arrugar su nariz, como si fuera un perro de caza, buscando a su zorro.


― ¿Qué es ese olor? ― Frunció más la nariz y fue en busca del origen del aquel olor intenso, y dulzón. Abrió los ojos hasta llegar a la raíz del tufo de flores ― ¡Abuelo, eres tú! Hueles a… chica.


El silencio reinó en toda la casa. El rostro de los patriarcas se tornó rojo y Penelope empezó a buscar algo, porque sus ojos iban y venían de un lado a otro. Los hombres también se quedaron en silencio, mirando hacia el sofá donde todos estaban reunidos, y las miradas iban de sus padres a Charlie y viceversa.



El pobre no sabía que había dicho, pero sabía que había hecho algo malo. La mirada de su padre lo hizo retroceder unos pasos, pero su tía Pau salió a su rescate, tomándolo de la mano y levantándose, mientras se alisaba su vestido de color borgoña.


― Creo que es mejor que pasemos a la mesa.


Todos empezaron a asentir y hablar al mismo tiempo, levantándose y caminando a la mesa rápidamente. Pascual y Penelope no miraron a ninguno de sus hijos y yernos hasta que estuvieron sentados en la mesa, y esperaron a que su color natural regresara a todo su rostro. Alejandra, por su
parte, estaba teniendo una plática acalorada con Charlie y con Pablo. El segundo había intervenido en el regaño pero había acabado obteniendo una reprimenda por parte de su esposa, y Charlie parecía más divertido a causa de ello, y además, su madre parecía haberse olvidado de él.


Era curioso, pensó Pau, como las familias se completaban. Cada quien sabía su lugar en la mesa, incluso los niños, que fueron tomando lugar entre sus padre y tíos, mientras que los hombres iban por las sillas de bebé mandadas a hacer especialmente por sus abuelos para sus pequeños.


Todos platicaban y reían, pero Paula sólo observaba, muda de la emoción. Aquella loca gente que estaba riendo, que no para de hablar, que intervenía entre pláticas, que tocaba la comida y obtenía palmadas, que se rascaba por la ropa incómoda que llevaba, que lanzaba miradas de amor a todas direcciones, todos ellos eran su familia, y daba gracias al cielo por tenerlos.


Miró a los más pequeños, a los costados de sus respectivas madres. Mientras que Ariana era más blanca que la leche y ya sabía hablar un poco, Guille era más pequeño y un poco más bronceado, herencia del linaje de su padre. Miró embobada las sonrisas de los pequeños, quienes miraban con adoración a sus madres, mientras que ellas, los daban miradas de amor disfrazadas en enojo por estar inquietos. Y sintió una nostalgia ya familiar que se acomodaba en su pecho, casi en el centro. No sabía sí era el corazón o la boca del estómago, pero era una sensación que la dejaba con una picazón por el cuerpo, con las manos deseando tener algo que jamás tendría y con la conciencia llena de dolor.


Abrió y cerró las manos instintivamente, apretando el aire con fuerza. Las gafas empezaron a caerse y las atrapó a medio puente de la nariz. Sintió la mirada de su madre sobre ella y le enseñó una perfecta sonrisa, procurando no ensuciarse los dientes con la pintura de labios, que parecía ser una de sus mejores cualidades a la hora de llevar lápiz labial. Extendió la servilleta sobre su regazo cuando unos sonidos fuertes provenientes de la cocina alteraron la armonía familiar.


Pablo fue a abrir y entonces escuchó la voz de Pedro proveniente desde el fondo, así como los golpes de machos contra la espalda. Entraron en el comedor familiar y sonrisas gemelas aparecieron en las caras casi todos. Y a Pedro le dolió en lo profundo de su ser esa sonrisa faltante.


― Buenas noches ― saludó a todos y enseguida Penelope y Pascual se levantaron para ir a saludarlo y darle la bienvenida como los anfitriones de la noche que eran.


Pedro observó atento como los padres de los P’s se levantaban y se movían con fluidos movimientos sincronizados colocándose a su lado, siendo Penelope la primera en darle un abrazo enorme. Olía a rosas y flores, y cuando Pascual lo saludó pensó que él tenía el mismo olor, pero desechó la idea. Quizás el olor de Penelope se había quedado impregnado en el aire más tiempo.


Todos lo saludaron, y los niños gritaron encantados su nombre y le pidieron que se sentara con presteza en la mesa. Su urgencia sólo provocó una sonrisa en el rostro cincelado de Pedro.


― Lamento la tardanza. Habían algunos clientes que se negaban a irse temprano, pero Erik y Jesy aceptaron quedarse a cerrar el negocio.


Penelope sonrió y lo tomó del codo, admirando su porte y jovialidad, pero al mismo tiempo, sintiendo un poco de tensión en sus movimientos. Vestía como siempre, olía como siempre, y se veía como siempre. Sin embargo, no se sentía como el Pedro de siempre. Era como si su confianza vacilara de una cuerda. Y como mujer sabía que… o quien era el origen de aquello.


― Vente hijo, siéntate. Íbamos a comenzar sin ti, pero ahora que estás empezaremos rápidamente ―. Miró a los que tenía más próximos y alzó la mano mostrando su perfecta
manicura ―. Muévanse chicos, vamos a hacerle un espacio a Pedro.


Pablo apareció con una silla de la cocina y le hicieron un pedacito de espacio para acomodar la silla justo al lado de Paula.


Ella lo miró con cierto alejamiento, brindándole esas sonrisas lejanas, de compromiso, mientras que sus cejas se alzaban y miraban de un lado a otro, sin pasar por su sitio. Entabló
conversación con los demás, pero sus sentidos estaban alerta a Paula, quien se veía hermosa esa noche. La blusa tenía un escotado que dejaba ver las cimas de sus senos, sólo tentando a quien posara la vista en aquel lugar paradisiaco. Una vez había besado esa depresión y se había deleitado durante varias horas. Se rascó en el cuello, tratando de alejar el rumbo de sus pensamientos. Y el color, de un rojo vino intenso, Aun con la simple luz del comedor resaltaba sus mejillas coloradas, su cabello radiante, de un color caoba que sólo hacía a un hombre mortal acariciarlo para saber si es tan suave al tacto como parece ser.


El carraspeo de Pablo, sentado enfrente de él, lo alertó que alguien estaba hablando y él era el único que no estaba prestando atención. Miró rápidamente hacia la cabeza de la mesa, donde Penelope y Pascual se encontraban y escuchó atentamente.


―…todos reunidos, daremos gracias antes de comenzar a cenar.


Siguiendo la tradición, todos se dieron la mano, adultos a niños, niños a niños, y… Paula a Pedro.


Cuando las manos ásperas de Pedro tomaron dentro de las suyas a las suaves y frágiles manos de Pau, fue como si un rayo electrizante lo hubiera atravesado, y por la súbita mirada que al fin Pau le dirigió, la sensación había sido mutua. Su oportunidad de decir algo se vio interrumpida cuando la voz de Penelope los trajo a la realidad, separándolos de ese minuto de comunicación visual.


― Hoy damos gracias por un año más de vida, pero principalmente, porque la vida misma nos ha permitido reunirnos. Toda la familia está sentada en esta mesa señor, y te pido que cuides por ellos, por los que están cerca o lejos, por los casados y sus esposas e hijos, por los solteros, que
encuentren una dicha como la de sus hermanos ― dirigió primero la mirada a Pau y luego a Patricio, para regresar con Pedro ―. Y claro está, por los amigos que no se encuentras con nosotros pero que de igual forma, recordamos constantemente ― sonrió y miró después a su esposo, hablando muy despacio, como si subir el volumen alterara la paz del lugar ―. ¿Pascual, quieres agregar algo?


Pascual abrió los ojos sorprendido. Su esposa era la que siempre daba las gracias, y él estaba feliz con eso. Esa noche lo habían agarrado en curva. Primero con el olor a flores que por Dios, le había quitado diez puntos como decía Alejandra, a su hombría, y luego esto. Suspiró y carraspeó unos segundos, haciendo tiempo y pensando en un buen agradecimiento.


― Señor, te damos las gracias también por los dones que nos ofreces cada día, no sólo tu comida, sino también las oportunidades que nos brindas cada día, una nueva con cada día que vivimos, amándonos, perdonándonos, viviendo y siguiendo a delante ― fue una pausa, un segundo. Quizás dos, pero sirvió para que dos personas recibieran el mensaje, las mismas que sin saberlo se estaban acariciando sus manos ese momento. Satisfecho con su gracia, finalizó ―. Por las segundas, terceras, cuartas y centésimas oportunidades, te damos gracias. Amén.


El coral “Amén” finalizó los agradecimientos de ese año. 


Todos se soltaron, pero Pedro, por alguna razón, no más bien, por todas las razones, aguardó solo unos segundos más. La piel de Paula se sentía tan cálida y suave. Su pulgar había empezado a acariciar sus nudillos. Y cuando Pascual había hablado había sido como si un rayo de esperezando se filtrara sobre su corazón desconfiado hasta esos días. 


Pero los segundos pasaron y contra su voluntad tuvo que soltar la mano de Paula, y sintió un retortijón en su pecho.
Patricio tomó sus cubiertos y miró la apetitosa carne que estaba en el centro de la enorme mesa.


― Genial, ahora sí, buen provecho a todos ― miró a su madre con amor, y luego a la comida ―. Adoro el pavo de mamá, pero la comida de Pau huele deliciosa. Provecho.


Manos volando de un lado a otro, risas y quejas, ensaladas, carnes y todo tipo de comida pasando de mano en mano, pulgares chupados, para no desperdiciar ni un gramo de la deliciosa comida servida. Así fue la cena de Acción de Gracias de los Chaves.


Patricio agitó la mano hacia Paula, quien tenía en sus manos la salsera y estaba sirviéndose apenas su primera cucharada de aderezo, y le dio una mirada reprobatoria.


― Hey, pásenme esa salsa. Huele deliciosa. Y no hay modo que llegue a mi lugar.


Paula alzó la ceja y por pura maldad, se sirvió otra cucharada más.


― Calma, Benja, ya te llegará, como a todos.


La salsa pasó a su padre, pero este sólo se sirvió media ración, ya que no podía comer muchas dulces y después se la pasó a su esposa. Los ojos de Patricio brillaron como dos luceros en lo alto del cielo, como Venus y Júpiter en una misma línea.


― Mami linda, por fa, pásame la salsa.


― Lo siento cariño, pero te toca esperar, como a todos.


Y los luceros se apagaron como dos supernovas. Vio que su madre no le concedería su capricho y le tocaría esperar. Como a todos. Subió el codo de su mano derecha sobre la mesa y se apoyó sobre la mano, mirando como Ale se servía, y luego Alejandra… Desvió la mirada para no sufrir, hacia Pedro y su hermana, y frunció el ceño.


― Esto no hubiera pasado si Pedro no hubiera agarrado primero la salsa. Paula la colocó ahí a propó… ― desvió la mirada hacia el otro lado y se resbaló por el impacto de lo que había visto ― ¡Pablo!


El primogénito, sentado a su lado, tenía una buena porción de salsa acompañando su plato y Patricio le pateó la espinilla. 


Lanzarle un pedazo de pan estaba fuera de lugar. No podía enseñarles malos modales a sus sobrinos por encima de la mesa. Pero por debajo…


Pablo gimió y Ale y Penelope miraron a Patricio con ganas de patearle algo más que el trasero.


― ¡Patricio!


― Por dios, los niños se comportan mejor que ustedes ― regañó Paula al ver el comportamiento de sus dos hermanos. Aquella es la frase favorita de la casa.


Cuando al fin la salsa de durazno llegó a las manos del goloso de la familia, este no perdió el tiempo y empezó a devorar la salsa, sirviéndose cantidades excesivas del aderezo.


― Patricio, por dios, deja algo para los demás ― regañó Paloma, presa de la envidia, ya que a ella tampoco le había tocado salsa, y al ver la forma en la que se servía su hermano, dudaba que le tocara siquiera algo. Quizás lamer el recipiente. Aunque viendo la forma en la que miraban la salsa su sobrino y su esposo, dudada que siquiera a ello iba a llegar. Miró a Patricio con resentimiento y habló con sequedad ― Oh, hay días en que en verdad te odio.


Todos se echaron a reír al ver las caras de los hermanos: una de abatimiento, la otra sacando la lengua. Penelope pensó que era ya hora de intervenir.


― Patricio, ya basta. Todavía faltan los demás ― dijo con el mismo tono que le había ayudado a criar a cuatro hijos.


― Tranquila má, sólo una cucharadita y ya.


Y efectivamente, fue una cuchara, pero de pequeña no tenía nada. Paula frunció el ceño.


― Es aderezo, no caldo para la carne, Patricio.


Por fin, Patricio soltó la salsera y se la tendió a su cuñado Guillermo. Después miró con toda la gula del mundo su platillo y con los cubiertos cortó un pedazo de carne y lo bañó con salsa. Cerró los ojos, deleitándose con el exquisito sabor agridulce que activaba todas las células de sus papilas
gustativas.


― ¡Wou! ― abrió los ojos y miró a Paula con tanta devoción que le provocó escalofríos ― Hermanita, si no fuera porque adoro vivir aquí, me iría detrás de ti y te pediría que me cocinaras el resto de mi vida.


― Eso si me encuentras, después de entrar a Protección a Testigos y huir de ti… ah sí, por el resto de mi vida.


Pedro sonrió y probó la comida.


Benja estaba en lo cierto.


La comida era exquisita. El sabor era fresco, y estaba casi seguro que no sería empalagoso.


Movió la mano sobre el platillo haciendo que el aroma subiera hasta su nariz, catando el aroma. Y el olor era excelso. Combinado con la carne, el aroma caía en la categoría de jugoso, atractivo, de aquellos olores que hacían el paladar humedecerse sólo con olerlo. Para alguien como él, dueño de uno de los mejores restaurantes de San Francisco, encontrar un platillo como ese era un deleite.


La miró y alzó la copa de vino que le habían servido.


― Felicidades Pau, la cena es excelente.



Paula tomó la suya insegura y la chocó contra la de Pedro; entonces fue cuando él reparó en las benditas de carne que tenía en sus dedos.


― ¿Que te pasó?


Ella miró sus dedos y se sonrojó.


― Oh, pensé que no se vería.


― Paula y sus manos de mantequilla ― Patricio habló sin alzar la vista del plato, batallando con la carne y a ensalada ―. Tiene un don para cocinar pero si la vieras, es un milagro que no haya quedado como mapa luego de la cena.


La volvió a mirar y al hacer movimientos bruscos con su mano, advirtió que la piel encima de su pecho estaba un poco roja. Los gruesos tirantes lo ocultaban bien, pero si uno observaba con detenimiento se podía ver el contraste entre los tonos de su piel.


Paula dirigió su mirada al mismo lugar de Pedro y se rozó, apenada por la prueba de su torpeza.


― Es solo una quemadura ― Paula se ajustó el vestido para ocultarlo mejor.


― ¿Te quemaste? ― el tono alarmado en la voz de Pedro atrajo la atención de todos en la mesa.


― Es solo una herida de nada ― Paula lanzó miradas a todos, calmándolos y después a Pedro, con ganas de golpearlo con la cuchara por ser tan escandaloso ―. La salsa me calló encima y estaba caliente. Sólo eso, no es para tanto.


Todos se sintieron satisfechos con su respuesta, menos Pedro, que la miraba fijamente, sin disimularlo. Paula bajó las manos y junto una contra la otra, rozando los nudillos que habían sido tocados con delicadeza por las manos de Pedro. Sentir su roce había sido una descarga eléctrica, y cuando su pulgar había empezado a acariciar su mano, se había quedado inmóvil. No por el gesto, sino por la reacción de su cuerpo, que al parecer sólo había necesitado una chispa para prender una hoguera intensa dentro de sí. Había pensado que sería inmune a Pedro, que ya no sentía nada por él, pero era una mentira. Su cuerpo la traicionaba al igual que su mente.


― ¿Me pasarás la receta secreta?


Lo miró contemplando sus ventanas grises, admirada por el brillo que tenían esa noche. No quería alentar falsas ilusiones, como la vez anterior, pero no podía evitarlo. Todos estaban enfrascados en sus conversaciones que no les prestaban atención, o al menos eso esperaba. Parecía tan normal, excepto que no se sentía normal. Cuatro años, y tenía enfrente a la persona que había arruinado sus sueños. 


No se olvida tan fácilmente. Pero ya no había rencor. 


Paula dudaba que lo hubiera odiado del todo alguna vez.


¿Cómo iba aquella frase de Julia Stiles en la película de “10 cosas que odio de ti”? ¿Odio que no pueda odiarte?


Pues así se había sentido por mucho tiempo. No a él, sino a ella. Y gracias al cielo lo había superado.





CAPITULO 27






Las compras para el día de Acción de Gracias habían sido una verdadera locura. Paula había olvidado la vieja tradición de los Chaves, y casi siempre lo había festejado con un
grasoso y delicioso pedazo de pizza y un gran vaso de refresco. En el trabajo eran pocos los que seguían la vieja tradición para el último jueves de Noviembre, y Elias no era uno de ellos. Así que Pau, se había acostumbrado a olvidar las viejas costumbres. Pero ese día su madre la había
levantado contagiándola con una desbordante alegría y felicidad.


Terminó de lavar las manzanas y empezó a córtalas en cubitos pequeños para la ensalada, su especialidad. Detuvo un momento los cortes y escuchó las risas provenientes de la sala.


Su madre se encontraba adornando con los niños el árbol de Navidad y el resto de la casa: escalera, puertas, sillones, alfombra, todo a su paso. Se acercó al horno y se hincó, para comprobar el estado la carne.


Sonrió y se acomodó los lentes de montura gruesa. Después fue a probar la salsa de duraznos que acompañaría a la carne. Esa mañana le había dicho a su madre, que para pagarle su ausencia de los años pasados, ella cocinaría Al principio había sido fácil sacar a su madre del trabajo, pero
luego, Paula estuvo a unos segundos de noquearla, ya que no podía estar quieta más de un minuto. Su padre encontró la solución al llevar a los nietos temprano y empezar con los
preparativos de arreglo para la noche.


― ¡Maldición! ― gimió Pau cuando una mancha de la salsa de durazno cayó sobre su blusa de algodón roja, traspasando y quemado la piel.


Corrió al lavabo y empezó a lavar la blusa y enfriar su piel, mientras mascullaba una buena letanía de blasfemias. 


Entonces reparó en el pedazo de tela morada y en los ojos de Cata fijos sobre ella. Pau sintió el calor de la vergüenza teñir sus mejillas y se secó las manos en sus vaqueros.


― No cariño, tú no oíste eso ― se acercó a Cata y comenzó a aletear las manos ―. Tú tía quiso decir, bendición, alabado, amén. Eso.


Cata pareció indiferente y alzó sus delgados y menudos hombros.


― Está bien, mamá dice unas más fuertes. Creo que cuando llega el jefe de papá y se va sin darle un aumento, mamá siempre dice algo como “reverendo hijo de pe…” ― Paula le tapó la boca con una mano, pero Cata se la tomó de nuevo se la deslizó fuera, entiendo que no debía de seguir con las palabras ―. Bueno, algo así.


― Tu madre es un error de la naturaleza ― murmuró y después le dio un toque en su naricita y sonrió ―. Y tú, señorita, no deberías de repetir esas palabras.


― Tú las dijiste.


Paula alzó los ojos al cielo y volvió a su tarea previa.


― Sí, pero tú no deberías.


― ¿Por qué?


― Porque no está bien, Cata.


― ¿Pero entonces por qué tú si puedes y yo no?


― Porque los adultos tienen permiso Los niños pequeños no.


Cata no pudo refutar a eso, y pareció conformarse con la respuesta… por el momento. Paula dejó el cuchillo por enésima vez y con una mano en la cadera, miró a Cata.


― ¿Y qué venías a buscar, cielo?


Cata pareció despertar, como si Aun estuviera analizando la discusión anterior. Luego pareció recitar como un periquito.


― Ah, la abuela quiere su tijera en forma de zigzag para las tarjetas. Que está en su cajón de los cucharones, al lado del cajón de los cuchillos. Justo hasta el fondo.


― ¿Algo más? ― preguntó Pau, tratando de aguantar la risa.


Cata se rascó la barbilla, un gesto muy familiar al de ella. Entonces chasqueó sus dedos y sonrió triunfalmente.


― Sip, y que tiene las orejas verde.


Paula asintió y encontró la tijera justo donde su madre le había dicho a Cata. Se la tendió con la orden que no jugara con ella y se la diera a la abuela directamente. Cata asintió y se marchó, sin percatarse de la mirada risueña de Pau sobre ella. Cata parecía una esponja, absorbiendo todo
conocimiento a su alrededor, y estando en su etapa del porqués parecía diez veces peor. Su hermana sí que la debía de pasar en grande con Cata. Después oyó más risas infantiles, como música y cerró los ojos, descansando


No sólo toda la familia estaba reunida después de mucho tiempo, sino que además, Paula agradecía que sus sobrinos y ella se hicieran grandes amigos. Charlie incluso la había aceptado a pesar de ser una chica, tener pecho, y jugar a la comida con las niñas. Claro, después de una pelea globos llenos de agua entre todos, y que ella lo derribara, se había ganado todo su respeto. Y el de Pedro, que ese día había estado con todos ellos.


Había pasado una semana y media desde su noche de confesiones, y al día siguiente, había mantenido la firme esperanza que Pedro se acercaría, pero los primeros tres días había desaparecido de la faz de la tierra. O se iba muy temprano al restaurante, o regresaba demasiado tarde, como para que un alma estuviera despierta.


O específicamente, ella.


Había pasado del abatimiento al enojo, de la tristeza a la irritación, y ya ni sabía qué hacer con las ideas que su cabeza tenía una y otra vez. Necesitaba encontrarse activa, ya que con solo un minuto de descanso que tenía, su mente obtusa le gustaba divagar en alguien en especial. Pero ni
aun cuando estaba con todos sus sobrinos, bebés y niños, ni cuando corría por el parque, ni cuando se mantenía ocupada con la casa, podía evitar hacerlo. Porque cuando la noche caía, y su cuerpo estaba exhausto y caía rendido sobre la cama, su mente encontraba fuerzas para pensar en todo.


Su padre se asomó por una de las ventanas de la cocina y empezó a olisquear por todos lados.


― ¿Algo se quema?


Paula abrió los ojos como dos platos extendidos y gimió, corriendo hacia la estufa, donde la salsa se había pasado un poquito de su tiempo. Bueno, quizás no tan poquito. Agarró la cazuela plateada desde su mango y…


― ¡Joder! ― estaba en verdad caliente. Siendo una renombrada científica, se le había olvidado que el aluminio era un muy buen conductor. Aun así, se mordió los dientes y la sacó del fuego, colocándola sobre una tabla de madera, y después gimiendo por dentro. Fue al fregadero nuevamente y empezó su práctica de primeros auxilios para la cocina.


Pascual entró por la puerta trasera y corrió hacia Paula, tomándola de las manos. Las yemas de sus dedos estaban rojas, casi escarlatas. Su hija, por otro lado, parecía aguantar las ganas de llorar muy bien, aunque una lágrima se le corrió por su lagrimal derecho. Vio entonces la marca de su blusa, mojada, como si la hubieran estrujado, y rápidamente se dio una idea.


― Vaya, vaya Pau, hoy tendrás una muy buena coloración en la cena, cariño.


― ¡Papá! ― gritó Pau y se llevó uno de los dedos a la boca, mojándolo con su saliva. Se sentía mejor, y el escozor parecía irse de momento ― Genial, Patricio me va a disfrutar esta noche cuando vea las quemaduras.


Su padre sonrió y la tomó nuevamente de la mano, llevándola a la mesa.


― Vente, vamos a curar esos dedos.


Paula se sentó y observó a su padre sacar la cajita con una cruz roja de cinta adhesiva en la tapa. Después la llevó a la mesa


― Me alegro mucho de hayas logrado que tu madre descansara. La pobre no para nunca y menos en cuestión de cocina.


Las esquinas de los labios femeninos se elevaron y soltó un jadeo entendiendo a lo que se refería Pascual.


― Lo sé, así es mamá ― después empezó a reír a carcajadas ― ¿Te acuerdas de aquella vez en que le dijimos que pediríamos pizza o alguna comida a domicilio para Navidad?


Pascual recordó aquella fría noche, cuando todos sus hijos ya habían volado del nido, como Penelope solía decir. Paloma y Pablo ya estaban casados, Paula por alguna parte del mundo, y Pascual en la universidad. Habían regresado a casa para las festividades y le habían dado la dulce y detallista opción a su madre para la cena.


Soltó una risa gemela a la de su hija.


― Sí, esa mirada que nos dio a todos fue más que suficiente para callarnos y empezar a ayudar a preparar la cena.


― Sí, creo que jamás vi a Patricio y a Pablo correr y ofrecerse para ayudar en la cocina.


Pascual asintió.


― Desde esa noche, ninguno de tus hermanos pone un pie en la casa hasta que sea la hora, y que tu madre esté ya preparándose para la cena.


― Sí, lo sé.



Se hizo otro silencio, uno de esos raros momentos en los que disfrutas la presencia de la o las personas que están a tu alrededor, oyes el sonido de todo lo que te rodeo, las risas, los murmullos…


― Fue un lindo gesto el de los niños invitar a Pedro a la cena.


― ¿Eh? Hey… ― o hubo un temblor, o qué, porque el codo que Paula tenía apoyado se movió y se dio contra la madera, golpeándose la mandíbula.


― Paula…


― Lo siento pá, es que andaba distraída. Sobre los niños, quiero decir, adoran a Pedro, y lo ven como uno más de la familia.


― ¿Te acuerdas cuando venía de visita y te alocabas por él?


Paula evitó rodar sus ojos al cielo y ponerlos blancos, ya que sabía que su padre se daría cuenta de lo que ello significaba. En cambio, mantuvo una sonrisa suave, pero firme. Al parecer sus escenas de niña enamorada habían divertido a toda la familia. Y ella pensando que había sido
discreta.


― Eso fue hace mucho tiempo, pá.


― Sí, míralos ahora ― Pascual alzó la mano y tomó ambas manos de su hija pequeña ― Tú, una gran investigadora, viajando por el mundo a lugares que nadie podría imaginar, observando cosas impensables ― Paula sonrió y Pascual continuó ― Y al pequeño Pedro, una estrella del béisbol
consolidada. Ambos han cumplido sus sueños.


Paula bajó la mirada. Por alguna razón, no sabía cuál, las palabras provenientes de su padre no la hacían sentir tan orgullosa. La hacían sentir vacía.


― Sí. Los sueños hechos realidad ― susurró sin mirarlo.


― ¿Y hay algún chico que te esté esperando en España?


Por unos segundos Paula se quedó sin saber que decir. Alzó las cejas en un solo movimiento y lo miró con sus ojos en forma de delgadas rejillas.


― Papá, en verdad quieres hablar de chicos… conmigo ― agregó eso último para remarcar que no era Paloma con quien estaba hablando.


Por si se le había olvidado.


― Bueno, la verdad es que no es una plática para la que esté preparado, pero eres mi nena, y bueno, han pasado varios años desde la última visita. Y no sé, pensé que quizás había un chico por ahí.


¿Un chico?


Paula casi suelta la carcajada enfrente de su padre, pero tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de autocontrol.


― Tengo treinta y tres años, papá, no quince. Ahora ya no sería un chico.


― Sí, lo sé. Pero es que para este tipo de charlas, no importa la edad ― Pascual se rascó su bigote bien peinado y miró detenidamente a su hija. A pesar de ver a una mujer hermosa, y más que madura, por alguna razón, no podía evitar ver a la pequeña rolliza de grandes trenzas y que lo
miraba como su fuera su máximo héroe. La triste verdad era que había, que todos sus hijos habían crecido ―. Es decir, siguen siendo preguntas muy personales, y la verdad, es que a pesar de ser muy personales, me gustaría saber si hay oportunidad que me hagas abuelo.


― Papá, tienes cinco nietos, tres de los cuales están en la sala, con mamá, y tú huyendo de ellos ― ambos sonrieron ante lo obvio. Los adoraban, pero a veces sacaban de quicio… sólo un poco ―. No te veo precisamente con una escasees de descendencia por ahora.


― No es eso cariño, pero me gustaría saber si hay un hombre en tu vida, alguien que como tu madre completa la mía.


Y esa era la pregunta que más temía Paula. ¿Una persona que complemente su vida del mismo modo que su madre complementaba la vida de su padre? Abrió sus dulces labios, pero los cerró para volverlos a abrir y cerrarlos nuevamente. 


Después suspiró hondamente, y sonrió tristemente. Las viejas heridas tardaban mucho en sanar. Ella había estado rodeada de amor. Lo veía en sus padres, en sus hermanos con sus esposos, y por solo un momento había sentido que
podía serlo al lado de Pedro.


Pero si sabía algo acerca del amor era que la confianza era uno de los pilares que lo sostenían, y sin él, no había amor que se pudiera sostener.


Desde que había hablado con su padre sobre las segundas oportunidades, no había parado de dejar de pensar en eso. Volvió a suspirar y acarició las manos callosas y grandes de su padre.


Después se volvió a colocar los lentes en su lugar, más un hábito que una necesidad.


― No pá. Contrario a lo que dice Scott McKenzie en su canción sobre el amor en el aire de San Francisco, yo no me lo llevé. Por ahora estoy comprometida con mi carrera ― miró a ningún lado y alzó las manos, ya acostumbrada a este tema de conversación ―. Quiero ver el mundo, quiero hacer más cosas, quiero mirar el cielo más a fondo, quiero…


Pascual la tomó de las manos, temiendo que volara con sus pensamientos. Tenía que traerla de regreso.


Por ella.


― La vida no es sólo libros y artículos Pau ― acarició su mejilla, y sintió la diferencia entre su tersa piel y la callosidad de sus manos ― La vida es todo. Disfrutar las cosas más insignificantes y tenerlas con quien compartir. Llegar a casa y encontrar que puedes olvidarte de todo lo malo que te ha pasado, hablar con esa persona y descargarte. Reír a su lado, llorar en su hombro, o simplemente pasarte horas observándola y sentir que es la mejor cosa que te ha pasado en tu vida… ― soltó un pequeño suspiro y detuvo su discurso. Alzo la vista y vio en la mirada de su hija un pozo de confusión, de dolor, quizás de tristeza. Y entonces se preguntó que había verdaderamente detrás de los sentimientos de su pequeña ―. Es sólo un comentario cariño. Sé que adoras tu carrera, que la amas como pocas personas pueden decir lo mismo de la suya, pero sé que tu corazón puede albergar más cosas o personas en él. Cuando llegues a mi triste edad y no puedas seguir haciendo lo que te gusta, ¿entonces qué? No habrá nadie con quien platicar, nadie con quien reír ― Pau abrió la boca para debatir ese último comentario pero Pascual la detuvo ―. No digo que está mal que estés enfocada en tu carrera Pau, simplemente, que no lo es todo. Es como dice Izzie Stevens, cuando Cristina está haciendo elegir a todos entre la cirugía y el amor. Yo me quedo con las palabras de Izzie. Es decir, la cirugía para ellos es sólo un trabajo, es lo que haces cuando
vienes de la casa, no lo que te hace al llegar a casa, porque si pierdes tu trabajo puedes conseguir otro. Eres excelente cariño, todos estos años lo has demostrado. Pero perder el amor, algunas veces es todo.


El corazón de Paula golpeaba con fuerza, haciendo que la sangre fluyera por todo su sistema. Cuanta verdad había en la palabras de su padre, no podía escatimarla, pero si decir que era mucha. Y ella lo sabía. Lo había sabido siempre.


Lo había sentido. A pesar de amar su trabajo, sentía ese vacío. El reloj biológico había empezado a dar vuelta desde hacía varios años, pero Paula ya no sabía qué hacer.


Así que en vez de contestarle a su padre, sonrió y le dio una mirada burlona, con su voz tintada de sarcasmo.


― Pá, ¿te aprendiste todo un capítulo de Grey’s Anatomy? Es más, ¿desde cuándo la ves?


Pascual soltó a Paula y se rascó la cabeza. Ella notó como sus mejillas empezaban a teñirse de rojo y soltó un chillido al oír la respuesta de su padre.


― Tu madre me obliga a verlo. Todos los jueves desde hace años. Así que cariño, no me mires así. Estas son unas de las cosas que un hombre tiene que hacer por amor. Compartir el
mando de la televisión y dejarlas ver lo que quieren. Incluso si es una cosa como Grey.


― ¿Oí el nombre de mi serie favorita por aquí?


Penelope asomó la cabeza en la cocina, y después el resto de su cuerpo acompañó a su miembro. Vestía unos cómodos vaqueros desgastados y una camisa de franela a cuadros, rojos y oscuros. Su pelo castaño ondeaba alrededor de su rostro, carente de maquillaje, y sin embargo, se veía tan hermosa. Etérea.


Caminó hasta su esposo y deslizó sus manos sobre su hombro hasta su pecho ancho, apoyando luego su barbilla en el hombro derecho de Pascual. Él, por su parte, tomó las manos de su mujer y le dio un beso tierno y delicado en su mejilla.


― Sólo le contaba a Paula lo interesante que es la serie ― le hizo un guiño a Pau y esta sonrió.


― Oh sí, y ese doctor, bueno, el actor que hace de McDreamy. Es un amor, ¿no crees?


Pau tuvo que tragarse la risa al ver la mirada ceñuda de su padre. Dios, como había echado de menos esos momentos.


― Em… Si claro…


― Me recuerda a tu padre en sus tiempos de juventud ― Pascual le dio un beso en los labios a su marido y sonrió, luego otro en frente y miró a ambos ―. ¿Y qué tanto hablaban pícaros?


La sonrisa de Paula vaciló un poco, peor la mantuvo. Pascual se dio cuenta de ello, pero no quería hablar de eso enfrente de Paula. Su hija necesita su propio espacio. No a dos padres encima de ella. Tomó los brazos de su Penelope y los acarició lentamente.


― La vida cariño, de la vida solamente.


Penelope se separó de su esposo y colocó una mano en la cadera.


― Bueno, pues la misma vida nos está recordando que hoy es día de Acción de Gracias y que tenemos ― consultó su reloj y sonrió ―, sólo tres horas para que todos lleguen. Así que Chef Paula, sugiero que termine pronto y se vaya a cambiar para la cena. Por mi parte, los chicos están viendo la televisión en la sala, y yo iré a tomar un merecido baño de sales y perfumes. Con su permiso.


Se dio la vuelta y ambos oyeron sus pisadas en la madera. 


Su padre se levantó de la silla rápidamente y miró hacia donde Pascual había salido embobado.


― Sí, bueno cariño, piensa en lo que hablamos. Yo iré a preparar mi traje para esta noche.


― ¿Tres horas antes, pá?


Su padre al menos tuvo la decencia de sonrojarse.


― Oye, soy un viejo. Tengo que tomarme tiempo para hacer las cosas. Cuida a los niños, cielo ―. Le dio un guiño y siguió las huellas de su esposa.


Lo vio desaparecer por las escaleras, y víctima de un trance, caminó hasta quedar en el primer escalón. Oyó las risas y los besos tiernos provenientes del piso superior. Se abrazó a sí misma buscando un poco de apoyo interior. Buscando fuerzas para lo que se avecinaba.


Eso era lo que ella quería. Ese tipo de amor que había visto crecer por años. Lo que másdeseaba en este mundo. ¿Pero podría encontrarlo? ¿O sería ya demasiado tarde?